El presente perpetuo

Yo también pienso en el presente perpetuo cuando pienso en el amor. Foto: Pixabay.

En 1965 Octavio Paz, mientras era embajador de México en la India, escribió Viento entero, el poema que transformaría su poética. Como estudiante de literatura lo leí para alguna materia, se me estuvo presentando seguramente en otras ocasiones, pues es uno de sus poemas más importantes, es muy probable que lo haya leído también en la maestría. Pero no fue hasta tiempo después que me relacioné con él de manera íntima.

En algún momento de 2014 mi amigo Mauricio me regaló el facsimilar que acababan de publicar en la Dirección General de Publicaciones del hoy extinto Conaculta, como parte de las múltiples actividades que se realizaron por el centenario del natalicio de Paz. En ese momento releí el poema y cobró un nuevo significado para mí.

La idea central es que el espacio se mueve y cambia, pero el tiempo es idéntico a sí mismo siempre. “El presente es perpetuo” es el primer verso y en él engloba precisamente esta concepción peculiar del tiempo. Con la lectura reciente conecté con muchas cosas de mí misma y mi percepción de ciertos episodios, entendí aspectos de mi propia nostalgia, y de pronto cobró sentido la necesidad de anclar música con momentos específicos. De alguna forma supe cómo justificar o explicar mi deseo por hacer que en algunos momentos de mi vida el presente sea perpetuo.

Voy a tratar de explicar esta sensación con un ejemplo concreto. En julio de 2011 me mudé a Guanajuato para estudiar la maestría. En la Ciudad de México se quedó quien entonces era mi novio, pero logramos que estuviera conmigo unos días antes de que empezaran mis clases. Nos dedicamos a pasear y estar bien, visitamos San Miguel de Allende y ahí sucedió algo curioso. Mirábamos la preciosa catedral en la noche y creo que de alguna manera en ese momento él comenzó a ver nuestro fin, una suerte de cisma que al pasar del tiempo nos iría separando más y más. Nunca fuimos el uno para el otro, pero en ese momento yo no lo sabía realmente. No recuerdo las palabras exactas, pero más o menos dijo: “Hay que recordar bien esto y disfrutarlo porque no sabemos si algún día volveremos a estar en este lugar los dos juntos como ahora; tal vez nunca”.


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Parecía que sus palabras anunciaban algo (él sabía que yo no estaba al 100 por ciento ahí, pero esa es harina de otro costal). Ese momento se me quedó marcado: la catedral de noche, el cómo me sentía entonces con él, sus palabras, incluso recuerdo la ropa que traíamos, además de varios detalles en apariencia insignificantes. Fuera de sus extrañas palabras, el viaje me pareció perfecto y hermoso. Ese día en San Miguel de Allende fue suficiente para anhelar que ese presente se hiciera perpetuo. Y sus palabras enfatizaban que no estaríamos así de nuevo, entonces, por esa fragilidad, había que esforzarnos para que ese presente no se nos escurriera de las manos.

Qué belleza hubiera sido esa, la de la perpetuidad, cuando todo estaba bien, poco antes del derrumbe. Mucho se dice que el ser humano es ambicioso, pero la realidad es que todos nosotros hemos deseado ese momento incuantificable extendido hacia una eternidad anhelada, aunque desconocida. En Viento entero Paz descubre un mundo tangible y eterno, visión de una felicidad al mismo tiempo terrestre e inalcanzable, lo cual es verdaderamente bello.

Años después entendí que la vida no es estrictamente lineal, que el cauce de nuestros acontecimientos no siempre va hacia adelante sino que fluctúa caprichosamente: el tiempo idéntico a sí mismo siempre. Los eventos regresan y solamente nos encuentran un poco diferentes. El año pasado volví a San Miguel de Allende con mi esposo. Pasamos por la catedral, nos tomamos fotos. En efecto, no había posibilidad para mí de volver con aquel hombre del pasado, pero eso no significaba que no podría regresar bajo nuevas circunstancias. Tan arraigado estaba el instante anterior en mí que lo recordé, ahora con bríos distintos, pero aún con el deseo de construir un presente perpetuo: la catedral sigue intacta, sólo nosotros somos diferentes. Los lugares adquieren nuevos significados y ese presente perpetuo se ha transformado, se extiende y engloba otras miradas, mas el deseo de conjurarlo sigue latente.

Viento entero está dedicado a Marie José, a quien Paz conoció precisamente en la India unos años antes de la escritura del poema, ella se convertiría en su esposa no mucho tiempo después. Viento entero también es un poema de amor, de ese amor que se pretende que sea eterno o, mejor aún, perpetuo en el presente. Yo también pienso en el presente perpetuo cuando pienso en el amor, y recuerdo a Verónica Gerber Bicecci en una frase que quizá no tiene mucho sentido ahora en este texto, pero para mí lo tiene y regresa a mi cabeza con frecuencia: “El amor siempre nos recuerda la circularidad del mundo”. El amor quizá también es circular, y volvemos por él a los mismos lugares para que los presentes incontables puedan perpetuarse.

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