Diarios para descubrir(se)

Diarios
Foto: Pixabay.

A finales de febrero me traje mis diarios de adolescencia de casa de mi mamá. En estas semanas he estado releyéndolos y ha sido un ejercicio que, si bien me ha tomado tiempo, me ha resultado muy revelador.

El primer diario ya con esa forma y con la intención como tal lo comencé poco después de mi fiesta de XV años. Yo necesitaba escribir ciertas cosas que no podía decirle a nadie pues sentía pena, vergüenza incluso, sentía que nadie iba a entenderlo y que, de hecho, lo que me estaba pasando estaba mal y nadie debería saberlo, y sin embargo yo no lo quería olvidar, entonces lo escribí.

El hecho tan espeluznante que consigné en marzo del 2000 consistía simplemente en que me enamoré de mi maestro de Historia de la secundaria. No parece la gran cosa y ciertamente en perspectiva para nada lo es, pero en ese momento significó un parteaguas en mi existencia: fue un enamoramiento profundo y auténtico, porque él en ese momento me parecía el ser más inteligente, asombroso y brillante que existía; desgraciadamente cuando yo tenía esa edad no tenía muchas personas a mi alrededor que me pudieran impresionar, entonces su presencia me sacó de balance y llegué a quererlo como nunca antes quise a nadie así.

Esta devoción duró por varios años, los diarios siguieron y mi escritura volcada a su presencia acabó más o menos en el 2003, cuando tuve un novio en serio y me enamoré mucho de él (sin embargo, de todas formas, me las ingenié para ver a mi maestro de la secundaria, de vez en cuando, hasta el día en que por fin se me cumplió el sueño que se germinó desde hacía años: besarlo).

Leer mis diarios me ayudó a darme cuenta de varias cosas. Algunas de ellas ya las había percibido aun a mi cortísima edad, pero ahora me hicieron más sentido y entendí de manera amplia, gracias a la distancia y a la experiencia, que muchísimas acciones sólo contribuyeron a generar lazos confusos y, al menos para mi yo de entonces, bastante dolor, enojo, confusión y llanto.

La situación con él fue que, básicamente, él nunca me puso un alto definitivo. Era veinte años mayor que yo (ni siquiera había cumplido dieciocho), pero a veces él actuaba como si no fuese así. El problema justo yace en el peligroso “a veces”. Sí hubo ocasiones en que me detuvo en seco, y cada que lo hacía yo entendía cuál era mi lugar; pero luego, días después, él volvía a abrirme la puerta y me daba a entender que “lo nuestro” (que no se supo nunca bien qué era, pero definitivamente era algo más que la relación alumna-maestro) iba sólida y certeramente caminando hacia algún lado más allá.

Mis diarios son testimonio de esto, sí, fuertemente, pero creo que sobre todo son testimonio del silencio, de no poderle contar a nadie (si acaso a poquísimas amigas, algunas de las cuales me insistieron en que lo que yo hacía estaba mal), pero al mismo tiempo de saber que aquello que sucedía era tan fuerte que no quería callarlo, que debía al menos registrarlo por escrito, para hacer que ese silencio no me detuviera para sentir y dejar testigo de cuán real era todo lo que estaba sucediendo, todo lo que sentía, lo que pensaba, las cosas tal como se las decía, la ropa que él usaba, los días y las horas exactas en que se atravesaba casualmente frente a mí y todas las palabras que en esos brevísimos minutos me decía.

La escritura que procuré devotamente a lo largo de varios años ahora sirve para entender con la cabeza fría lo que de verdad estuvo mal, y que, muy importante, no sólo recae sobre él. Releer me ha ayudado a entender en qué momento yo también crucé la línea y cómo yo misma fui responsable de malentendidos. Es cierto que él debió haber puesto un límite a nuestra interacción, que él, como el adulto casado, no tenía por qué darme su número y pedirme que le llamara, ni llamarme tampoco a mi casa, ni prometerme un café, ni aceptarme las cartas y los regalos, ni pasar sus recesos a mi lado, ni esperarme para irnos juntos a la salida. Pero también es cierto que yo misma me puse sobre de él, para abrir la puerta a que su trato conmigo fuera distinto. Y creo que al final yo, con los infantiles 15 o los inmaduros 16 o los atrevidos 17 años, tenía muy claro lo que estaba haciendo y yo sola me embarqué en la aventura de jugar a que podríamos ser más de lo que éramos. Claro que al final la que terminó perdiendo fui yo. Él, con seguridad, le hacía lo mismo a muchas y yo lo tenía en un pedestal como a nadie.

A lo que voy con todo esto es a que releer es entender. Estoy tan agradecida con esa persona que entonces fui por haber registrado con detalle cada cosa que sentía, cada noche de llanto, cada incertidumbre, cada palabra de amor incondicional. Cada entrada de diario me ha servido para saber un poco más de mí y de la vida, para abrazarme, sí, pero también para saber que tampoco fui una víctima en su totalidad, porque muchas personas me advirtieron que aquello no podría salir bien y yo decidí hacer mi voluntad consciente y totalmente. Sabía que prefería callar, no porque me lo hubieran impuesto sino por ahorrarme la crítica y el juicio. De ahí mi refugio en la escritura silenciosa, escritura salvadora que me ayudaría en el futuro a trascenderme y también a perdonarme.

En las últimas semanas, a consecuencia de esta relectura, he pensado mucho en él, por supuesto. Me estaba comenzando a carcomer la manera en que me entregué tan ciegamente a alguien que ni siquiera me trataba bien todo el tiempo. Entonces lo soñé y el sueño me sirvió de cierre. Estábamos en un cine, yo le decía que se metiera conmigo, él me seguía el juego. Pero yo me adelantaba y cuando él llegaba todo estaba tan oscuro que no podía encontrarme, y yo decidí no hacerle señas para que me viera, decidí perderme y él al no hallarme se fue. Desperté.

La escritura de diarios me ha acompañado incluso en la actualidad, aunque he disminuido mucho su frecuencia pues he hallado otras maneras de escritura que de alguna forma tienen que ver conmigo. Después de releer he considerado regresar con mayor detenimiento a la escritura de la vida porque eso, la vida, que a veces en su vertiginosidad pasamos por alto, si se registra con sus recovecos y sensaciones, será una fuente enorme de conocimiento de uno mismo para el futuro.

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    By: Adriana Dorantes

    Es maestra en Literatura Hispanoamericana. Primer lugar del Certamen Relámpago Internacional de Poesía Bernardo Ruiz, 2009. Ha colaborado en algunas revistas impresas y digitales y suplementos culturales con poesía y artículos sobre literatura, como: Destiempos, Dos Disparos, Valenciana, Mexicanísimo, Casa del Tiempo, Moria, Revarena, entre otras. Autora de los libros de poemas Quién Vive (UAM, México, 2012) y Entre mares alados (Ediciones y punto, México 2014) y del libro de cuentos Vendrá la muerte y tendrá tus ojos (Sediento, México, 2014). Segundo lugar del Torneo de Poesía Adversario en el Cuadrilátero 2015.

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