El tambor de Semana Santa

El tambor retumbaba. Era el momento de guardar silencio. Foto: Izaak Olan.

El tambor retumbaba. Era el momento de guardar silencio y tomar de la mano a mi abuelita. Como cada viernes santo de mi infancia estábamos ahí, en esa pequeña lomita de Ayotla.

La tensión del momento era rota por el casco del caballo y el grito de su jinete.

“Jesús de Nazareth fue condenado a muerte por proclamarse el Rey de los Judíos”, decía, mientras el tambor daba más dramatismo a la escena.

Esos minutos eran los que menos me gustaban de aquellos días. Me generaban mucha tensión y nerviosismo. Prefería los momentos previos, las horas en las que nos alistábamos para ir a la representación del viernes de Semana Santa.

Las mañanas de esos viernes eran más o menos así: mi abuelita se levantaba temprano para terminar de preparar sus tortas de camarón; chiles chipotles rellenos de atún y arroz rojo; en casa, mi mamá preparaba chiles rellenos y pollo frito.

Después de que terminaban de cocinar, mi papá y abuelo alistaban las bolsas, el petate y las cobijas para la expedición.

Con todo terminado iniciábamos el camino hacia aquella lomita que, por esas fechas, se convertía en una representación local del Golgota.

Tras 15 minutos de recorrido en la combi, bajábamos en la parada de “La paletería” e iniciábamos nuestro recorrido hacia aquel terreno despoblado que servía de base para nuestro campamento.

Tendíamos el petate, las cobijas y todos nuestros aditamentos para comer antes del arribo de la representación. Eran las horas felices antes de la llegada del tambor.

“Pum, pum, pum”. El tambor retumbaba. Mis manos sudaban y mi corazón se agitaba. Entonces gritaban. En ese momento nos acercábamos a la orilla del terreno vacío.

“Jesús de Nazareth fue condenado a muerte por proclamarse el Rey de los Judíos”, decía el jinete romano.

La caravana era comandaba por una horda de soldados romanos. Atrás venían mujeres que sollozaban y hombres con pesar en el rostro.

Tras ellos aparecían Dimas y Gestas, cada uno cargaba un pedazo de tronco en sus espaldas.

La tensión aumentaba a cada paso. El tambor no dejaba de sonar. Y entonces aparecía él.

Vestido de blanco, zigzagueaba mientras cargaba una pesada cruz de madera. Como si el drama no fuera suficiente, un guardia romano le pegaba y le dejaba marcas que simulaban sangre.

Justo cuando aparecía, mi mano sujetaba más fuerte la de mi abuelita. A veces no quería mirar, pero lo impactante de la escena me llevaba a tener los ojos abiertos.

Tras su paso, nuestros ojos se posaban en el duro camino que él tenía enfrente. Con unos binoculares, que mi papá había comprado para la ocasión, seguíamos su andar, cuesta arriba, hacia la lomita donde sería crucificado.

Una hora después lo veíamos colgado de otra cruz de madera hasta que las notas del Ave María marcaban el final de la representación.

Hubo un día que esperamos a que bajaran. Esa vez me sorprendió el silencio de la comitiva. Ya no había tambor, sino la sensación de luto, de respeto por quien se fue.

Aquella ocasión bajamos detrás de ellos. Tomado de la mano de mi abuelita, sentía como lo corazón sonaba al ritmo del tambor.

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