La rana que salta

Si ponemos una rana en una olla con agua y aumentamos la temperatura del agua poco a poco, la rana será capaz de aguantar un buen rato... Foto: Pixabay.

Escribió Alejandra Pizarnik, en unos de sus versos más acertados: “¿Para qué extenuarme en alumbrar recuerdos que son pura ceniza?” Y sin embargo es necesario volver a los recuerdos con perspectiva para tener una mejor comprensión. Las cenizas deben ser testigo de lo que existió.

Escribo esto porque les quiero contar una historia de desamor (sin muchos detalles porque todas en realidad se parecen), una historia que tiene mucho que ver con la fábula de la rana en la olla y del momento de saltar para salvarse. Si ponemos una rana en una olla con agua y aumentamos la temperatura del agua poco a poco, la rana será capaz de aguantar el calor un buen rato antes de quemarse, debilitarse y morir quemada, esto es porque en su organismo tiene la capacidad de regular su temperatura por un tiempo. El calor, aunque aumenta poco a poco, llegará a ser tanto que la rana ya no podrá confiar en la regulación de la temperatura, y deberá buscar la manera de salir de ahí para salvarse. Hay un punto crucial, y la rana debe identificar el momento indicado para saltar, antes de que se encuentre tan debilitada que no le sea posible moverse siquiera.

La historia de la rana aplica a variadas situaciones y circunstancias de la vida. Por el momento me voy a ceñir a la historia de triunfo, en la que yo, como la rana, aguanté el agua hirviendo por mucho tiempo en una relación que no tenía ni pies ni cabeza, pero que a ratos prometió la eternidad, que a ratos (y esos ratos parecían tan fuertes que cegaban todo lo demás) tenía todos los ingredientes de lo ideal y lo perfecto. Afortunadamente, o eso quiero pensar, aprendí a saltar a tiempo.

Es curioso: esto de dar el salto suena a algo definitivo, sin embargo, para bien o para mal, en la vida hay muchísimos puntos medios y a veces es muy enredado ser tajantes y cuando debiéramos serlo no se nos da ser maniqueos. Hace un año todavía parecía que este amor marchito se podía reconstruir, como los amigos que fuimos antes del desastre, con otra mirada, con los meses de silencio, con una nueva esperanza, pero otra vez me di cuenta de que no, y siempre me alegro de saltar antes de morir calcinada.

Es cierto que uno aprende con los años. A mí me ha tomado mucho darme cuenta de cuándo toca renunciar (y en cada caso hay que hacer un nuevo aprendizaje). La realidad es que una de las cosas más difíciles en la vida es alejarse de lo que hace daño si hay cariño de por medio, y sobre todo si hay recuerdos bonitos y nostalgias; es muy fácil pensar que el amor lo puede todo y uno se siente capaz de forjar un reino a partir de una ilusión. Uno cree que aguanta y no sabe hasta cuándo es prudente aguantar, uno no sabe bien cuándo es el mejor momento de saltar para sobrevivir. Uno se deja engañar, como entonces me engañé y aferré a esta frase genial de Verónica Gerber: “Sé que volveré a verte, el amor siempre nos demuestra la circularidad del mundo”; pero en realidad el amor no es suficiente, a veces no hay finales felices, la circularidad no importa, el reencuentro no vale nada. Y ahora sé que aquello tan tortuoso no podía ser amor, porque el amor no debería ser ese desgarre, ese morirse en vida sin poder escapar, ese llanto incontrolable por sentirse nada.

Un día me enamoré de la idea de alguien más que de alguien, eso fue lo que pasó, y cuando descubrí la verdad, por más que quise conservarlo, se derrumbó. Sin embargo, entre los escombros el amor permanecía; y el deseo de estar y pertenecer y forjar ilusiones en la nada fue sostenido por varios meses gracias al amor y a las ganas por que aquello funcionara. No funcionó. Y aquí es importante saber que no hay mucho más que hacer y que el amor no reconstruye puentes ni cambia a la gente. Al menos no si de las dos partes no se asume el amor como una decisión y en cambio se le deja ser un capricho volátil, algo que se lee en los cuentos de hadas, sin fundamentos, pero con suficiente atractivo como para dejarlo esparcirse por todos lados.

Se acabó como se acaba todo. En “Sobre las despedidas” Alejandro Páez Varela escribe: “El amor no acaba ni siquiera en un choque de trenes, pero un no es un no. Y listo. Decir adiós es complicado. Quisiéramos que fuera sin dolor. Pero decir adiós es exitoso si se dice a tiempo.” Yo me tardé. Cada día, a veces incluso imperceptiblemente, se acababan más y más nuestros lazos, hasta que nos convertimos en dos extraños que acaso comparten recuerdos iguales. Toma tiempo aceptar que se tiene que mirar hacia adelante, aceptar que hay cosas que se pierden y no se pueden recuperar. Este proceso fue muy doloroso, a veces todavía duele un poquito, llevo tiempo pensando que este tipo de dolor es como tener una araña en el corazón, que con ciertos estímulos se retuerce y reaviva esa parte lastimada que no puede terminar de curarse.

La nostalgia, además, ataca a cualquier provocación. Me acuerdo de cómo hace años compartíamos también las mismas lecturas, la música, mucha música, y estábamos tan extraña y sencillamente en el mismo canal. No puedo evitar rememorar las cosas hermosas que hicimos, por breves que fueron, los poemas dedicados al amanecer, las pláticas que teníamos el día entero y, sobre todo, esa declaración que hizo sobre mí, que yo era lo que él siempre había querido… Pero junto con eso recuerdo también todo lo opuesto, concretamente, la destrucción: saber que yo, de alguna forma que aún no logro comprender, me transformé en eso que él no quería, me convertí en alguien fácil de insultar y humillar, alguien egoísta y dispensable hasta el hartazgo.

Al final, fui la rana que saltó, que vive, aunque no pueda olvidar y preguntarse cosas. “Nunca como a tu lado fui de piedra”, escribió Rosario Castellanos y qué duro es, qué difícil asumir esa realidad: saberse nada al lado de alguien a quien amas. Pero poco a poco es más sencillo. Uno sabe que hay cosas mejores en la vida y se vuelve más fácil entender razones, tener perspectiva, comprenderse en las cenizas y darse a uno mismo el propio perdón, para simplemente seguir.

Ya no me ata nada a él, esta declaración me dolía antes, pero ahora es liberadora; son muy pocos los objetos o los talismanes que me lo traen a la memoria, no miro sus estados de Whatsapp ni intento enviarle solicitudes al Facebook (ni veo ya su perfil). Fui la rana que saltó, y me da orgullo eso. Me falta ser la rana que ya no se acuerde de él, que ya no escriba de él. Sé que eso también va a lograrse, y que los recuerdos que me sobreviven me ayudarán, ya no a anhelarlo, sino a entender cada vez más y mejor que hice bien en saltar.

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