La sombra

"Sombra", "Sombrita", se escuchaba por aquí y por allá. Foto: Especial.

¿Cómo te decían, abuelo? La sombra. Cada tanto nos contaba la misma anécdota y cada tanto la disfrutábamos como si fuera la primera vez que nos la contaba.

Y era más o menos así: Mi abuelo se refugió en el Ejército ante la falta de oportunidades de la vida. Ahí aprendió a ser disciplinado. Practicó varios deportes, entre los que se encontraron el box y la lucha libre.

Tiempo después dejó el Ejército, pues conoció a mi abuelita, y se mudó al Estado de México. Ahí encontró trabajo en una fábrica de textiles. De esas fábricas tan singulares que hasta recuerdan a la compañía bananera de Macondo, hoy día terminó convertirá en un Oxxo y una bodega del Zorro abarrotero.

En una ocasión participó en los juegos de la fábrica, bajo el nombre de La Sombra. Ese apodo lo marcó por siempre. Cada que caminábamos por las calles de Tlapacoya, no faltaba quien llamara a mi abuelo no por su nombre de pila, Pedro, sino por su apodo.

“Sombra”, “Sombrita”, se escuchaba por aquí y por allá. Él se detenía, intercambiaba algunos chistes y continuaba con su camino.

La sombra no quería dejar de trabajar. Cada mañana, hasta hace como 15 años, se levantaba a las 5 de la mañana, se calzaba las botas, se ponía un sombrero y acomodaba sus herramientas dentro de un costal de yute; colocaba su máquina para cortar pasto sobre su carretilla y salía a buscar jardines para arreglar.

Volvía por ahí de las 9 o 10, con algunos pesos en la bolsa y la satisfacción de habérselo ganado. Se sentaba a desayunar, y luego se dedicaba a barrer la calle o arreglar sus decenas de papeles, una y otra vez.

En alguna ocasión me enseñó una de las fotos de cuando estuvo en el Ejército. Quedé impactado. Éramos prácticamente iguales. Le pregunté algunas cosas que ya no recuerdo, y volvió a la anécdota de la lucha.

Sin embargo, ese parecido, que hasta ese entonces para él había pasado desapercibido, se ha convertido en el primer tema de conversación cada que nos encontramos.

“Que eres mi retrato”, me pregunta con la nostalgia en los ojos. Y yo, para no llorar frente a él, le saco la vuelta, “dicen, abuelo; usted qué cree”. Que sí eres mi retrato, me dice. Y ahí es difícil no experimentar su añoranza por los tiempos pasados y los recuerdos que sé, porque así me lo dice, le vienen a la mente:

Su infancia complicada con un padre ausente y una madre que perdió la vida muy prematuramente. Un abuelo que se convirtió en su guía, y una vida pasada por tropezón tras tropezón hasta que se cruzó con mi abuelita.

Ayer cumplió 91 años. Y hasta hace muy poco nos enteramos que su verdadero cumpleaños era el 1 de julio y no el 29 de junio, día de San Pedro y San Pablo.

Esa fecha era la más importante en el calendario. Hijos, sobrinos, nietos y bisnietos nos dábamos cita en la casa de los abuelos para celebrar a La sombra. Y él, cuando ya no podía con la emoción, repetía estas palabras: En realidad, en realidad, estamos muy agradecidos de que estén aquí, que Dios me los bendiga. A veces soltaba un ligero llanto, que rápido trataba de contener quizá por miedo a que sus nietos lo viéramos llorar, lo que no sabía era que esa era la prueba más fehaciente, para nosotros, de que se sentía contento.

Ayer, mi abuelo cumplió 91 años. Y aunque su voz ya suena más cansada, mantiene la alegría para contar, como si fuera la primera vez, la ocasión en la que luchó bajo el nombre de La sombra.

1 comentario

  • Con tu sello característico: lo humano. Es hermoso este relato que me hizo acercarme a esos encuentros tuyos con La Sombra, seguramente alguien tan sensible como tú.
    Gracias, por compartir este relato.

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