Desde que era adolescente mi mamá se encargó de dejarme en claro que yo me estaba convirtiendo en una persona muy egoísta; un ser cero vinculado con sus seres queridos, cero preocupado por absolutamente nada, alguien que sólo piensa en sí mismo —a eso le podemos agregar, porque sucedió casi al mismo tiempo, mi falta de conexión con Dios y cómo yo iba por la vida como animalito, pero eso será asunto de otro momento—.
Me di cuenta entonces y me pegó mucho, como me pegaron todas las cosas horribles que en diversos momentos me dijo mi mamá y que se me quedaron para siempre grabados —como cuando me quise hacer unas dreads y dijo: “Tu cabello, lo único bonito que tienes y te lo quieres echar a perder”—; y no es que no sean evidentes las palabras o los argumentos, no tengo cómo rebatirlos o decir que se equivocan. El tema es más grave: parece que no me importa lo suficiente como para modificar mi comportamiento.
Los años pasan y siguen pasando, yo sigo siendo esa fea persona que no ve más allá de sí misma. Mi mamá ya no me lo dice; quizá ya se cansó de pelear esa batalla, pero de todos modos noto cómo no me busca para cosas ni me comparte situaciones que suceden pues, supongo, asume que me da igual; sin embargo, todavía me lo recuerdan algunas personas cercanas, amigas sinceras, sobre todo.
Te invitamos a leer: Somos humanos, a veces no parecemos
Siento que no he hecho absolutamente nada para cambiarlo. Incluso me casé con alguien un poco peor, un poco menos vinculado con su familia y amigos. Pienso que dos personas así funcionan bien juntas pues éste no es un tema de peso ni de discusión (a menos de que yo me sienta hecha a un lado, y bueno, sería sólo recibir un poquito de mi mismo comportamiento).
Sé que debería cambiar, que debería esforzarme al menos. En terapia (porque fui a terapia alguna vez) hablamos de la importancia de hacer cosas por conservar los vínculos (sea amigos, familia, pareja), es decir, salir del confort de no involucrarse y hacer el esfuerzo por alimentar los lazos, porque al final es todo lo que tenemos.
En ocasiones he hecho el esfuerzo, sin embargo, en el fondo de mí, gana la terrible decisión egoísta de que al final no hago nada que no quiero. Hace tiempo dejé de ofrecer ayuda porque me di cuenta de que era muy peligroso soltar frases como: “Estoy aquí para lo que necesites”, frases de apoyo, de solidaridad, de sentido común y humano. Decidí que prefería no ofrecer nada porque yo estoy en disposición de muy poco realmente.
Acaba de sucederme algo relacionado con eso. Hace algunos meses mi mejor amiga me preguntó si a mí me gustaría involucrarme en alguna actividad que, además de incluirla a ella, incluyera a su hija. En ese momento dije que sí. Hace un par de días, cuando mi amiga trataba de involucrarme en algo, yo decidí no participar. No recordaba haber dicho que sí antes, lo cual ya es bastante grave, pero encima afirmé que ni siquiera había considerado el involucramiento como una opción, lo cual suena terrible (no me interesa, pues).
Te puede interesar: Sobre la amistad
Y la cosa se pone tantito peor: en lugar de buscar redimirme y ser fiel a mis propias palabras y luchar por el vínculo y afrontar, decidí que era mejor pedirle que lo olvidara, que no me incluyera en nada, por favor. Me ataca el egoismo, esa determinación que tengo a no hacer nada que no me den ganas: me arrepentí tremendamente de haberme puesto disponible, de abrir mi boca y comprometerme a algo —en nombre de los vínculos, de armar recuerdos, de estar— cuando en realidad es muy raro cuando estoy realmente disponible y con ganas.
Y es curioso, porque en ocasiones, gente que conozco me agradece por cosas, les parece que ayudo, que doy, que apoyo, que he sido un soporte. La realidad es que soy una fea persona, ensimismada, egoísta. Cualquiera haría bien en alejarse. Conmigo no se cuenta. De pronto me pregunto en qué momento me hice así, pero de nada sirve, no si cada que trato de dar, termino arrepentida; no si cambiar para dejar de ser una cretina no me mueve. Qué me costaba decir que sí, por convivir, por la amistad, por ser buena persona. Pero no; decidí ser una culera.
