Roberto Carlos

Roberto Carlos

Cuando decíamos tu nombre, siempre saltaba la misma pregunta: que si era por el cantante. Y ahí teníamos que explicar que no era así, que en realidad era por el lateral izquierdo de la selección brasileña: Roberto Carlos.

Y es que era obvio. Naciste un 4 de junio, días antes del inicio del Mundial de Francia 98. Uno de tus primeros regalos fue una chamarra verdeamarela, así que todo estaba predestinado a que tu nombre estuviera ligado al futbol.

Cuando llegaste a casa, no dejabas de mirar a todas partes. Movías tus piernas como si quisieras patear un balón, o, ¿a caso con eso nos anticipadas el gol de Cuauhtémoc Blanco ante Bélgica?

Dudo que te acuerdes, pues tenías poco más de un mes cuando Brasil jugó la final del torneo de selecciones. Creo que nomás por tu nombre, apoyé a esa selección que perdió ante la Francia de Zinedine Zidane.

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Con los años, la pelota fue tu compañera. La traías de aquí para allá. Te hiciste aficionado de las Chivas solito, obvio influyó que papá y el abuelo le fueran, pero tú encontraste en ese equipo un refugio.

Recuerdo los domingos de ir a jugar futbol. Eras distinto a mí y a Manuel. Tú sí tenías toque con la pelota. Intentabas una finta y te salía. Buscabas el gol y casi siempre lo hacías.

Te veías tan feliz que por eso nos empecinamos en tratar de cumplir tu sueño, aunque no era la mejor época familiar.

El dinero nos faltaba y a veces comer era una batalla de día a día, pero siempre buscábamos la manera de llevarte a entrenar, de pagar los pasajes para que fueras a jugar.

Creo que por momentos te sentiste presionado y frustrado cuando no te metían a jugar en aquel equipo de las Chivas. Pero era cuestión de tiempo, porque eras bueno.

A mí me ponía muy feliz verte correr con la playera de las Chivas puesta. Creo que también esa fue una de tus épocas favoritas.

Recuerdo que muchas veces regresábamos cansados y asoleados. Pero teníamos nuestros buenos momentos: cuando nos sobraba dinero para comprar unas papas o un refresco, o cuando le contábamos al abuelo que tú sí jugabas bien.

La vida no es sencilla y eso lo has aprendido con los años. Tuviste que dejar un rato el juego para concentrarte en la vida de adulto. Tuviste que crecer con un hermano, yo, ausente. Tuviste que aprender a superar las pérdidas y aprender que los grandes amores también acaban.

Es como cuando el equipo rival se te viene encima y toca aguantar el bombardeo. Entonces, toca resistir y confiar. Confiar en el de al lado, en que la vida te pondrá a personas que no te dejarán caer y te darán los ánimos suficientes para seguir.

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A veces vuelvo la memoria al día en que te conocí, a las veces que te cambié los pañales y te cargué con el reboso de mamá, a los días en que te veía caminar en la andadera y cuando diste tus primeros pasos sin ayuda de nadie, a los días en que te subía la parte delantera de la bici y paseábamos por la calle, a los momentos en que no soltabas a tu Teletubbie y saltabas al ritmo de Ov7, a tu afición por la lucha y tu foto con el Místico. La tarde en que llegaste con Chicharito a la casa.

Si la vida me diera la oportunidad de volver a elegir, pediría volver a ser el hermano de Roberto Carlos, a volver a celebrar a las Chivas campeonas en el Ángel celebrando, a encontrarte en el Akron, a ir a un concierto de Zoé, y a dejar que nuestras lágrimas se sequen en el hombro del otro.

Cuando digo nombre, ya no tengo que explicar que es por el cantante o el jugador brasileño, ya puedo decir que Roberto Carlos tiene su propia historia.

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