Hay una serie de cosas que uno tiene que hacer cuando llega a cierta edad. La adultez se va notando en las publicaciones que uno empieza a guardar en los favoritos. En mi caso, empecé a guardar recetas de cocina, luego esos enlaces importantes de la vida adulta para hacer cosas del IMSS, del SAT, consejos para saber un poquito sobre aseguradoras, funerales, inversiones; recientemente he guardado videos sobre ejercicios para que duelan menos las rodillas.
La vida adulta tiene cosas lindas, pero definitivamente es el preámbulo del deterioro. Yo he empezado a ver cómo rindo menos, tengo más canas y más achaques; veo cómo gente más joven que yo triunfa donde yo no he podido (o quizá ya no podré) y recibe un reconocimiento que yo no he logrado (tal vez ya no lograré). Invariablemente se cierne sobre mí una oscuridad, que trato de tapar con los positivos del día a día y con la debida perspectiva: sí, tal vez no tengo eso y aquello, pero sí tengo esto y lo otro.
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Todo esto viene a cuento porque por más que haya tratado de superar el problema no resuelto (desde 2003) de mi obesidad, por más que me concentro en otros aspectos de la vida y trato de estar bien, es algo que invariablemente regresa. Aquí viene una historia colateral de ese fracaso: desde hace muchos años mi mamá me alentó a adquirir un seguro de gastos médicos mayores, al principio ella me ayudaba a pagarlo y después, con mi salario, me lo empecé a echar yo solita. En 2021 cambié de agente, lo cual fue una decisión buena pues ella se enfocó a buscarme un plan más asequible pero igual bueno, pues sabía que mi situación económica en pandemia era difícil (mi sueldo, que de por sí no es alto, se redujo a la mitad). Y claro, tener un plan de éstos y saber qué onda con la Afore y buscar oportunidades de inversión son cosas de adulto responsable. Pero no contábamos con las medidas de las aseguradoras. Con el cambio de agente y de plan tuve que llenar una nueva solicitud y resultó que, debido a mi obesidad, el monto a pagar excede lo normal, manejan el concepto “extraprima” porque no entro en los estándares del IMC saludable. No sé si esto sea discriminación, probablemente lo sea, pero no hay nada que yo pueda hacer más que pagar unos cuantos miles más por ser gorda. Y no, no piden exámenes de sangre para comprobar si uno tiene todo normal, lo que importa y en lo que se fijan es en mi sinceridad (quizá pude haber puesto que pesaba 60 kilos y ya está), porque en la solicitud no mentí en nada.
Estas cosas me generan una avalancha de pensamientos bastante negativos, y sólo se demuestra que, aunque yo pensé haber trascendido el asunto, la realidad es otra. Me vienen a la mente ideas que no sé realmente cómo calificar, ideas como que debo estar agradecida con el marido que tengo porque se fijó en una gorda asquerosa; ideas como que si me gusta alguien que pudiera estar a mi alcance (es decir, coincidir con él en trabajo, situaciones sociales, gustos afines) sencillamente no es posible que ese alguien se pueda fijar en mí porque quién en su sano juicio se fijaría en una gorda. Y me invade la oscuridad, esa voz que me recuerda que todo es más fácil si simplemente vas a la tienda y compras un pantalón en talla 7, sin probártelo, y te queda, en lugar de buscar la 13 y rogar por que cierre (y ya si cierra, que no te veas como participante de Kilos Mortales); esa voz que me lleva a avergonzarme y que también hace años me llevó a hacerme daño (tés que enfermaron el riñón, ejercicios que jodieron las rodillas) con tal de combatir el asco que me da mi propio cuerpo.
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Mi agente de seguros me dijo el año pasado que considerara la opción de tratar de cambiar mi peso, para brincarme la “extraprima”. Pero yo ya no quiero entrar en el ciclo del hambre y del daño físico, porque a eso llego siempre que lo intento, y anímicamente la verdad me va muy mal, a nadie le ayuda estar llorando diario.
Es curioso lo que me sucede. Por un lado, tengo ese impulso de ser una persona responsable que atiende a las cosas importantes para el futuro: voy al dentista, al ginecólogo, me hago estudios, tomo las vitaminas, el colágeno, camino los difíciles diez mil pasos. Es decir, continúo haciendo y previniendo: que el seguro de vida, que el testamento, etc. Y también continúo viendo viajes que quiero hacer y ahorrando mis centavos para ello: qué ganas de conocer el Perito Moreno, el Salar de Uyuni, los volcanes de Costa Rica. Pero a veces, cuando esas cosas que no he solucionado por años y años me interpelan, regresa la oscuridad y las pocas ganas de levantarme y funcionar. Y todo se me nubla por un momento.
¿Es esto la vida adulta? ¿O nada más me pasa a mí?
