Lo que buscaba en cada paso

Lo que buscaba en cada paso
Foto: Juan Pedro Salazar.

Durante mis años de universidad tenía una costumbre extraña que ni yo mismo entendía. Ahora, siete años después de haber pisado por última vez el suelo universitario, creo que por fin puedo darle un sentido.

Incluso hubo una ocasión en que mis amigos más cercanos hablaron con un profesor para que yo dejara de comportarme de manera tan rara. Mi rareza consistía en apartarme de los demás para salir a caminar sin rumbo, fumando uno o varios cigarrillos. Nadie entendía qué me pasaba. Para ser sincero, yo tampoco lo entendía. Pero la misma extrañeza que los demás sentían por mi aislamiento era la que yo sentía al verme.

El profesor Juan Manuel solía platicar conmigo sobre la vida y llenaba de recomendaciones la interminable lista de libros que tenía pendiente. Cuando me contaba sus aventuras y enamoramientos, yo lo escuchaba con asombro porque, en el fondo, quería que algo parecido me sucediera algún día.

Te invitamos a leer: Días perfectos y la belleza escondida en la simpleza

Mientras caminaba, buscaba historias. Historias que parecían sacadas de los libros que leía. Entrar a una librería y conocer al amor de tu vida, por ejemplo. Quizá por eso, junto a mi mejor amigo, Ulises —como el de la Odisea—, pasé una temporada entrando a cafeterías para dejar rosas de papel sobre las mesas, esperando que alguna mesera, muchas veces guapa, quedara flechada por un gesto tan simple.

Hoy, siete años después, llevo una vida bastante promedia. Una vida godín. Trabajo en una oficina que no parece oficina, sino un invernadero donde todo se intensifica un poco más: el calor, el frío, la monotonía y, a veces, el aburrimiento.

Y, sin embargo, durante este Mundial me he convertido en una especie de insurrecto. De vez en cuando me escapo a la plaza más cercana para ver algún partido. Sin mucho miedo a que me descubran. Quizá incluso con ganas de que me descubran.

Fue precisamente en una de esas escapadas, mientras caminaba por las calles cercanas a la plaza y escuchaba Yoake no Uta del cantante japonés jo0ji, cuando entendí algo.

Te invitamos a leer: Japón y el extraño sueño de volver 

En cada una de aquellas caminatas, tanto las de la universidad como las de ahora, lo que buscaba era sentido.

Heidegger decía que estamos como arrojados al mundo, y a veces ese peso se siente demasiado. Tal vez por eso sigo saliendo a caminar. Tal vez por eso sigo buscando algo en las aceras, en los escaparates, en las canciones o en los paisajes.

Mientras sonaba la canción hubo una frase que se quedó conmigo: “Aunque esté roto, destrozado y disperso miserablemente, no tendré miedo porque ya estoy vacío”. La sentí menos como una derrota y más como una forma de libertad. Como si uno pudiera seguir avanzando aun cuando no tiene todas las respuestas. Como si ya no hubiera nada que perder y lo único que quedara por delante fuera ganar.

Y entonces entendí que quizá nunca fui tan extraño.

Simplemente estaba haciendo lo mismo que hacemos todos, de una forma u otra: buscar un poco de sentido para volver a tomar aire y empezar de nuevo, un día más.

Leave a comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *