Quizá no hubiera ido a Las Vegas a ver a los Backstreet Boys si mi mamá no me hubiera alborotado. Pero ya en esas pensé: Órale, que sea una bonita experiencia familiar, y vámonos con toda la actitud.
Spoiler alert: ésta no es una columna sesuda ni tampoco deprimente; es un recuento tierno de una experiencia que me conectó con mi yo de quince años, y también es una crónica de un espectáculo que no tiene comparación.
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Y sí, más de 30 años tiene la mata dando, 25 desde su exitosísimo Millennium, y los cinco muchachos que formaban esta boyband ahí andan todavía, con sus tropiezos de vida y adversidades propias de la adultez, y sin embargo brincando y cantando como antes. Pero la verdad es que el show que montaron en la Esfera en Las Vegas no se puede describir con facilidad. Y no miento cuando digo que incluso alguien que no sea fan puede estar prendido de un hilo durante la hora y media que dura, alguien puede estar sin conocer las canciones ni a ellos y va a disfrutarlo muchísimo.
Porque, aunque ellos son el centro (y aunque me encantan), honestamente sólo son parte de la experiencia. De inicio, el lugar está diseñado de forma que escuchas perfecto desde cualquier rincón, los visuales abarcan casi toda la vista ¡y qué visuales!, el lugar vibra y se mueve, y el diseño audiovisual es tan perfecto que no es posible que no te envuelva. La experiencia en el recinto hace que valga la pena cada mugroso centavo (pueden imaginar que barato no es).
De inicio entras a una suerte de nave espacial, te recibe un escenario que parece tener una suerte de máquina tubular totalmente futurista y enorme. Pero ya que inicia el espectáculo, oh, sorpresa, nada es real: eso que pensabas que era una estructura que comenzaba en el piso, no es sino una imagen tan bien diseñada que engaña a la vista. Y con ella en el centro nos vamos todos a volar a través del espacio, de un meteorito (o un planeta), llegamos a montañas nevadas, a paisajes surreales llenos de plantas, flores y animales, y a una sincronía orgánica entre la inteligencia artificial y los rostros y cuerpos de los Backstreet Boys que cantan y se mueven a la vez que se integran al espacio completo de la esfera.
Ya había ido a tres conciertos de ellos, todos en la Ciudad de México, y no estaba en mis planes viajar tanto para verlos. Pero no me arrepiento nada. Antes dije que ellos son sólo parte de la experiencia, no me retracto; aunque yo podría verlos en donde fuera por la pura nostalgia de aquella persona que dejé de ser, pero que de alguna forma aquí sigue, escondida a través de las letras que me quedan en el cerebro a pesar de que no escuche ya sus discos; esa muchacha que vivió su primer concierto masivo con su mejor amiga, y que lloró de alegría ante esa primera experiencia que se convertiría en fundacional.
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Salí muy conmovida, muy plena, con esa alegría mansa a la que se refiere Clarice Lispector, esa felicidad clandestina, casi imposible, como si me hubieran envuelto en una burbuja temporal. Ahí dentro canté todo lo que pude y bailé y tuve el alma absorta ante todo lo que sucedía y los vi a ellos pensando que hemos crecido juntos, aunque por supuesto ellos no tengan idea. Alcancé a ir para esas últimas fechas del tour que conmemora precisamente los 25 años de Millennium, segura de que ya no habría más. Pero justo esta semana anunciaron otros seis conciertos. ¿Volvería a ir? Claro. Estas decisiones irresponsables valen totalmente la pena.
