Siempre he pensado que la nostalgia es una cosa muy extraña. Es curioso cómo a veces sentimos nostalgia hasta por cosas que no estaban bien o por momentos en los que en realidad no éramos felices. ¿O quizá es nostalgia por lo que no pudo ser?
Escribo esto porque hace unos días fue cumpleaños de una persona a la que quise muchísimo. Yo trato de ni acordarme siquiera, y quizá no hubiera llegado a mi mente si no fuera porque lo tengo metido en el calendario de mi correo electrónico desde hace años y me llegan recordatorios. Siempre que me acuerdo de él lo hago de una manera agridulce, me viene a la mente con cariño, pero también con dolor. Y siempre me dan ganas de hablarle o manifestarme. Y siempre me pongo un freno. Es que para qué, me digo. Y lo dejo pasar… Hasta la siguiente vez que algo me lo ponga en la memoria: una canción, un lugar, lo que sea.
Quisiera ahondar en este carácter agridulce de las cosas. Porque uno puede haber amado mucho a alguien, pero al mismo tiempo y en el mismo nivel, haberlo detestado; parece contradictorio, sin embargo, sí sucede que hay una pasión tan fuerte, una suerte de obnubilación, que difumina enormemente los límites que separan un sentimiento de otro. Y así, en esa contradicción, quiero abrazarlo y también quiero olvidarlo para siempre.
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Nuestra historia como “casi algo”, como dice la chaviza, fue la que echó a perder todo. Estábamos bien siendo amigos de WhatsApp y mandándonos rolas y riéndonos de las mismas cosas y platicando de nuestros amores. Pero en algún punto (no sé si fue simplemente porque estaba muy sola), empecé a sentir que no lo quería de amigo, que lo quería de todo y para todo, indiscutible, entregadamente. Y él pareció querer lo mismo (de esto jamás estaré segura). Y en el camino algo se quebró. Quizá yo le exigí demasiado, me aferré a una idea, no tuve paciencia con sus actividades y su trabajo, no sé. Tal vez es tan sencillo como que en el fondo no deseábamos lo mismo y ya está. Y que una relación seria no puede basarse en mandarse poemas por las mañanas.
Todavía no entiendo qué pasó, cómo nos descompusimos, en qué momento pasamos del cariño al daño, de las horas hablando de hermosuras a las lágrimas de coraje, del afecto al insulto. De verdad que todavía me pregunto en qué preciso instante nos rompimos y nos transformamos. Por el último mensaje que recibí de él, él tampoco entendió nada, y me parece que buscaba volver a abrir la puerta hacia mí; pero no lo dejé.
Quisiera decirle que pienso seguido en ese último mensaje, y que entonces me dieron ganas de explicarle una vez más por qué yo sentía lo que sentía, a ver si esta vez podíamos entendernos y dejar atrás todo lo horrible que nos hicimos. Quisiera decirle por qué decidí no hacerlo. Pero siempre mis ganas se ven obnubiladas por la realidad: no hay remedio para nosotros.
Sin embargo, existe la nostalgia por las cosas que funcionaban y esas son las que me hacen tenerlo todavía en un limbo de misericordia, decir de pronto: “no todo fue malo” y hasta sonreír al pensarlo. Porque cosas de esas tuvimos muchas, a pesar del tiempo tan breve, muchas, sí. Pero luego llega como una llamarada lo demás: esa manera tan cruel de tratarnos, el incendio a cada palabra. Siento dolor de nuevo y procedo a cerrar.
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Al día de hoy, sin embargo, como homenaje silencioso, como ritual que llevo y que jamás sabrá, hago cosas: robo algunas de sus palabras para un poema o dos. Escucho a algunas de las canciones que más nos compartimos; y busco una nueva pensando en él, en que no la compartimos en su momento pero que seguramente, si hoy habláramos, yo se la mandaría con cariño (esta vez es “When you’re gone” de The Cranberries).
Igual que todos los demás días, su cumpleaños pasa; y yo me consuelo afirmando una y otra vez que ésta ha sido la decisión correcta, que no debo buscarlo jamás, que así estamos mejor.
