Carta a Padre Tiempo

El Padre Tiempo representaba el arquetipo perfecto del docente a quien todo estudiante evitaba a lo largo de sus estudios en el CCH Oriente. Foto: Jesús Cisneros.

“La educación no es para todos”, decía reiteradamente en sus clases durante el semestre el mejor profesor que he tenido, y tendré, a lo largo de mi vida como estudiante. El maestro Salvador Zúñiga, mejor conocido por todo aquel que recorrió los pasillos del Colegio de Ciencias y Humanidades plantel Oriente como Padre Tiempo, representaba el arquetipo perfecto de ese docente a quien todo estudiante en su sano juicio evitaba a lo largo de sus estudios, porque él, y sólo él, era la viva imagen de una calificación reprobatoria segura en el último año de CCH.

Ese temor, o respeto desde mi punto de vista, que todo estudiante tenía hacía él, se lo había ganado a pulso, era algo con lo que Padre Tiempo se sentía conforme, pues se sabía, y con justa razón, muy diferente al común denominador de profesores; Padre Tiempo no estaba ahí para poner calificaciones al final del semestre, estaba ahí para educar de la única forma que se puede educar, con disciplina, y no tenía ningún tapujo por hacerlo saber a sus alumnos desde el primer día de clases.

De hecho, era precisamente ese miedo a la disciplina, que tristemente se va acentuando generación tras generación, lo que encendía las alarmas cada vez que el apodo del profesor Salvador, o Salvatore como a él le gustaba, se hacía oír, pues, más allá de que su materia (Latín I y Latín 2) era ya de por sí muy difícil y digna de respeto, la personalidad del profesor potenciaba drásticamente aquella dificultad, ya que uno como alumno no sólo debía lidiar con la traducción de oraciones del latín al español, sino que, además, esas traducciones debían ser exactas porque la palabra “error” para Padre Tiempo no existía por sí misma más que como sinónimo de mediocridad, y si de algo teníamos que estar seguros todos los alumnos de ese gran profesor es que toda equivocación iba a hacértela saber, no de una forma suave y delicada como las pedagogías de hoy en día, sino seca y directa, porque sólo estrellándose contra un muro en plena oscuridad se sabe que el camino se ha errado. El colocar almohadillas únicamente provoca que el alumno vaya a gatas, despacio, con la seguridad de que nada es demasiado difícil, pero con el riesgo siempre latente de no saber cómo enfrentar los problemas cuando se hacen presentes.

De esta forma, clase con clase, quedaba cada vez más claro a qué se refería el profesor con aquella frase que mencioné al principio “la educación no es para todos”. Padre Tiempo no quería decir que los pobres no debían ser admitidos en las universidades, o que los ricos, como lo dicta el prejuicio, eran ignorantes con la fortuna de tenerlo todo y por ello era ilógica su presencia en clases, o que las mujeres estaban de más en las aulas. Lo que yo entiendo de sus palabras, y de sus acciones, hoy a casi 8 años de distancia, es que la educación no es para todos porque únicamente es para aquellos que son con ella, es decir, para aquellos que la ven como algo indispensable en su formación, que la consideran pieza angular en sus vidas y la tratan, por consecuencia, con respeto y con la seriedad y disciplina necesaria. Es, en realidad, para todos aquellos que juegan con la educación, que la ven como cosa impuesta, como obligación tortuosa o como ritual de paso necesario en la vida, para quienes debe estar negada.

Y es que hoy, cuando las personas viven afanadas con la pluralidad, con la apertura a todo, con la demanda constante y creciente de la flexibilidad de todos los sectores de la vida, se ha gestado, como lo dijo Nietzsche en su “Ocaso de los Ídolos”, una de las patologías sociales más dañinas: la democratización de la educación. Porque esta democratización, esta educación de masas, abarata el sentido mismo de la educación, pues la hace accesible a cualquiera, lo que genera que sea para todos sin darse cuenta si de verdad todos son para la educación.

Quizá esa era la lección que Padre tiempo quería darnos, a saber: que no por ser alumnos del prestigiado CCH de la UNAM o por estar ya en último año del nivel medio superior, éramos dignos de formar parte de una institución educativa; que el ser llamado alumno es un derecho que se gana en clases con disposición y participaciones activas y no con esas pseudo asistencias en las que el alumno está presente pero finge atención a lo largo de dos horas hasta que es momento de regresar a las actividades que le son placenteras.

Padre tiempo nos enseñó, más allá de análisis morfosintácticos o de declinaciones o de diferenciar un caso nominativo singular de uno genitivo plural, cómo responsabilizarnos de nuestra propia educación, cómo ser alumnos dignos de ese calificativo que muchos usan como simple adorno. Muy por encima de esa imagen aterradora que decora la silueta del profesor Salvatore, está, para mí, la representación de un hombre que ama lo que hace, que supo poner la educación por encima de cualquier cosa, que, pese a que jamás lo pareció, se preocupa por sus alumnos y quiere que sean los mejores en lo que hacen.

Padre tiempo no quería alumnos conformistas como lo dicta el canon de la época actual, no quería cosas medianamente aceptables ni potencialmente mejorables. Él quería excelencia académica, quería que los alumnos no nos engañáramos ni cayéramos en ese juego de culpabilizar al profesor o a los padres o la institución de nuestra mediocridad. Y si el costo de tan noble empresa era incluso el desprecio de alumnos y profesores, él lo llevaba con gusto, pues jamás fue un hombre que viviera sino para con sus ideales, y qué ideal más hermoso que ser servil al otro a través de la educación.

Es por ello por lo que hoy decidí dedicar estas breves líneas a Padre tiempo, ya que, aunque quizá nunca llegue a leer esta carta, es mi manera de decirle gracias, porque me mostró un tipo de enseñanza que hoy día es tabú, me enseñó que la educación siempre será para el que está dispuesto a aceptar las dificultades que ella conlleva, que los caminos fáciles, si bien son llamativos, no conducen nunca al placer que da el conocimiento adquirido a través de la fatiga. Padre tiempo es el ejemplo perfecto, al menos en mi caso, de que un regaño no es sinónimo de trauma o acoso escolar sino de mejora, de que una exigencia por hacer bien las cosas en clase no deriva en deserción, sino que deviene un aliciente para ser mejor.

Es cierto que quizá no sea la única ni la mejor vía para educar, pero en tiempos donde las personas se rigen, como nos lo decía Padre Tiempo, por la ley del mínimo esfuerzo, donde a los hijos y estudiantes se les consiente, donde la educación está cada vez más psicologizada y elimina tanto la obligación como la sanción, ¿no cabría preguntarse qué tanto de los mecanismos y de la ideología de la sociedad de consumo de masas está entrando en la esfera educativa?

Si lo vemos desde ese enfoque, hoy el alumno es mucho más parecido al consumidor de la sociedad de masas que al estudiante tradicional, pues exige felicidad y facilidad inmediata, demanda que se haga todo lo posible para que nunca esté insatisfecho ni desdichado, lo que deriva en que la sociedad consumista y la educación sin coerciones, ligera y ad hoc, terminen por formar parte del mismo sistema, y, como señala Lipovetsky en su libro “La felicidad paradójica”, por formar en el alumno inseguridades patológicas y personalidades vulnerables.

Quizá era eso lo que ocasionaba que a mitad del semestre más del 50% de alumnos terminaran por no asistir, pues el compromiso educativo se ha ido perdiendo y todo aquello que no tenga un rostro de facilidad y accesibilidad se muestra como un riesgo potencial para la vulnerabilidad emocional. De ahí que gran parte de la mala fama que se le atribuye a Padre Tiempo nazca de la incapacidad para hacerle frente a una forma de educar real y no suavizada para evitar raspaduras emotivas en las actuales generaciones acristaladas.

Espero que, al igual que yo, otros muchos alumnos de este notable profesor hayan logrado comprender las verdaderas enseñanzas que él nos transmitía clase con clase, que sean capaces de perpetuar ese amor por la educación que aprendimos en las aulas de latín, que, finalmente, cuenten algún día que aquel malhumorado profesor nos educaba para la vida. Estoy seguro de que el legado del profesor Salvador Zúñiga, nuestro querido Padre Tiempo, persistirá y, usando una locución latina que aprendí de él, seguirá presente per saecula saeculorum (por los siglos de los siglos).

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