La ramita de pirul

ramita de pirul
Foto: Juan Pedro Salazar/ElTecolote.

“Es para que no se lleven nada malo”, decía abuelita Melda luego de ponerlos una ramita de pirul en la oreja. Lo hacía con tanta ternura que el solo acto neutralizaba la tristeza que los panteones exhalan.

Éramos niños. La verdad no recuerdo al entierro de qué persona fuimos, pero ahí estábamos, acompañándo a los abuelos.

Por fortuna, la casa de la persona fallecida no estaba tan lejos del panteón. Así que no caminamos tanto. Como solo éramos conocidos, nos quedamos a una distancia prudente de los momentos finales, justo debajo de un árbol enorme de pirul.

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Mi hermano, primos y yo, jugábamos con las bolitas rojas que el árbol desprendía, hasta que escuchamos el sollozo de alguno de los familiares del fallecido. Nos levantamos, asustados y abue nos socorrió.

Si Melda tenía y aún conserva es su capacidad para dar tranquilidad, sobre todo en los momentos más tristes del mundo. Si la templanza tuviera rostro, sin duda sería el de ella.

Luego de que la ceremonia terminara, abue Melda extendió su mano y cortó una ramita de pirul para cada uno de sus acompañantes.

Nos las puso en la oreja y nos dijo que era para que nada malo nos lleváramos a la casa. Y es que por aquellos años, cada precaución era necesaria para evitar el mal de ojo: que si la pulsera roja en la mano izquierda, que si una limpia con un huevo porque teníamos exceso de lagañas o dolor de cabeza, que si una ruda pasando por cada parte de uno para alejar las malas vibras que abundaban afuera.

Una vez con la ramita en la oreja, escuchando el “vámonos” de Pedro. Con el abuelo al frente de la expedición, comenzamos a bajar del panteón ubicado en las faldas del Cerro del Elefante.

Ahí llegó otra lección que aún conservo: no pisen las tumbas, y si lo hacen, discúlpense. Lo hicimos, porque en la inocencia y el juego, ya habíamos pisado al menos una.

A metroa de llegar a casa, abue nos quitó la ramita y la guardó en la bolsa de su mandil, con el fin de evitar que todo lo malo ingresara a casa.

Años después, mientras el abuelo dormía su siesta, le pregunté quién le había contado lo de la ramita del pirul y su mente viajó al pasado, a la época en que su abuelita y su mamá le enseñaron a cocinar y le dieron consejos que años después se convertirían en la herencia que le deja a sus hijos, hijas, nietos y nietas.

Dicen que cuando empiezas a replicar acciones que tus papás o abuelos hacían contigo, es cuando te cae la certeza de edad y del tiempo, que ahí uno se vuelve consiente de que la vida pasa y en algún momento se va agotar.

Y juro que eso sentí cuando Melda caminaba por inercia para despedir a su compañero de vida. Aún me pregunto cómo le hizo para no sucumbir en el momento en que Pedro cerró los ojos para siempre, pero estuvo ahí, resistente, cual tronco de pirul.

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Aún siento en los ojos el llanto, cuando recuerdo las palabras con las que se despidió del hombre con el que se casó un 1 de enero, a las 07:00 de la mañana en Puebla. En mi memoria, aún la veo el momento en que tiró su flor, el vestido que portaba y la tranquilidad que le dio saber que cumplió hasta el último deseo de Pedro.

Ese día, en medio del corazón partido, me acordé de las palabras de abue: es para que no se lleven nada malo a la casa.

Así que me adelanté. Extendí la mano hacia el árbol de pirul y corté una ramita para ella y otra para mí.

Melda deslizó una ligera sonrisa cuando me vio ponerle la ramita en la oreja, por un momento volvimos a ser los de antes, los de la época en que la muerte aún no tocaba nuestras puertas, los que se protegían de lo malo con una ramita de pirul.

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