El último deseo

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Foto: Juan Pedro Salazar/ElTecolote.

En broma, siempre decía que lo hiciéramos polvito y lo fuéramos a tirar por ahí. Pero luego hablaba en serio y nos decía que le daba mucho miedo que lo incineraran, que así no iba a llegar al cielo, por lo que su último deseo era que lo enterraran en Techachalco, el pueblo donde, sospecho, pasó los mejores años de su vida.

Obviamente, le decía que para eso faltaban muchos años. Que primero me iba a morir yo que él. La compasión se le asomaba por los ojos y solo sonreía, como si, para esos años, ya hubiera logrado lo más complicado de la vida: reconciliarse con la idea de morir.

En todo eso pensaba, mientras caminaba por toda Ixtapaluca buscando un servicio funerario que hiciera traslados.

Y no, no es que deseara que eso pasara. En realidad, me asustaba y cada que preguntaba lo hacia con un nudo en la garganta y con el puño apretado, para no perder el control y ceder al miedo del adiós.

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Creo que quienes me atendían se daban cuenta de mi miedo y por eso usaban las palabras más tersas que se sabían para darme informes. Al final, terminé con cuatro teléfonos guardados y tres tarjetas, por “si un día lo necesitaba”.

La realidad era que deseaba no necesitarlo. Pero llevábamos días viendo al abuelo mal. Era como si de pronto hubiera perdido las ganas de seguir y se concentrara solo en las imágenes que le veían cada tarde, su mamá y su abuelito, hablándolo, diciéndole que todo iba a estar bien.

Horas más tarde, un viernes 3 de mayo de 2024, ya en casa, hablé con mi papá y le dije que ya tenía los teléfonos por si se necesitaba.

Poco más de una semana después, un lunes 13 de mayo de 2024, tomé el teléfono y marqué para preguntar sobre los costos de traslado. Quizá fue un impulso, una corazonada por la cercanía de la mala hora, o que no podía sacar de mi mente el anuncio de mi mamá: tu abuelo está delicado, lo vino a ver el doctor, pero tus tíos se están quedando en su casa, en guardias, por si pasa algo.

Por la noche, volví a hablar con papá. Lo hicimos con solemnidad, con el deseo de no invocar el mal momento, pero pensando en que era mejor estar prevenidos que correr en medio del dolor y la tristeza.

“Le voy a cumplir su último deseo a mi papá, en caso de que pase lo que no queremos que pase”, dijo Nacho con una grieta en la voz y que solo encontró como respuesta un suspiro mío, que ahogó mi llanto.

Un día después, abuelo Pedro cerró los ojos a las 10:45 de la noche.

Mamá me marcó y corrí a casa de los abuelos, con el corazón roto y la herida más dolorosa de la vida: la ausencia de una persona amada.

Antes de entrar a casa, saqué el teléfono y marqué a uno de los números que ya había consultado.

“Lo siento mucho”, me dijo la persona al otro lado del teléfono, supongo que escuchó el sollozo en mi voz, o quizá porque era su muletilla para esos momentos.

No dilataron mucho. Media hora después de la llamada, llegaron a la casa y empezaron con el papeleo para llevarse a Pedro.

Pidieron ropa para vestirlo. Firmas de decenas de papeles y la compañía de dos familiares. Hora y media después, regresaron y aún recuerdo lo pesado que se me hizo el silencio.

Abrimos las puertas y las personas de la funeraria colocaron todos los aditamentos para poner el ataúd. La vida es extraña cuando uno piensa en la muerte. Días antes, Pedro estaba sentado en el patio, mientras nos escuchaba reír y celebrar el Día de las Madres, y cuatro días después estaba ahí, dentro de una caja, vistiendo una camisa rosa claro y luciendo ese bigote siempre tan cuidado.

Fueron horas difíciles. Minutos de llanto. Segundos de recuerdos. Horas de silencio. Minutos de rezos. Segundos de sollozos. Horas de velación. Minutos de café y té hirviendo. Segundos de gente que no paraba de llegar.

Un día después, el momento final se acercaba. Abrimos el vidrio que protegía el ataúd para meter una última muda de ropa, su pijama, sus chanclas, sus botas, su gaván, su bastón y otras pertenencias que sabíamos quería tener en su último viaje.

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Nos empezamos a despedir con los ojos anegados en llanto, con el peso de su ausencia a cuestas, con la certeza de que esa era la última vez que estaba en su casa. Pero había que cumplir su último deseo.

El camino fue largo. Pero tres horas después llegamos a Techachalco. Lo velamos otro ratito en la casa a donde siempre llegaba y después partimos la panteón.

“Le cumplí su último deseo a mi papá”, repetía Nacho, que para eso momento lucía un sombrero que Pedro le regaló.

“Hasta suertudo salió mi papá”, dijo Jose al ver el lugar donde iba a descansar, en medio de dos personas que quiso mucho, bajo la sombra de un árbol frondoso y en el pueblo en el que vivió los mejores años de su vida.

Y es que una de las mejores formas de honrar a quienes se van es respetar su último deseo, eso que quieren para su final. Quizá, por eso, desde hace días esa idea me revolotea por la cabeza y quizá, por eso, sí quiero que me hagan polvito, que una parte la dejen con mi abuelo y la otra se confunda con el mar de noche de Tecolutla, porque sí ese es mi último deseo.

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