Cierro los ojos y repaso cada uno de los momentos de aquella tarde tan bonita de marzo, aquella en la que me diste el abrazo más tierno del mundo, el que más recuerdo.
En ese instante, no sabía que iba a ser el último, que un año después tendría que refugiarme en mis recuerdos para sentirte cerca, porque hoy ya no estás.
Días antes había cumplido años. Así que ese fin de semana fui con mis papás a visitarlos y a visitarte a ti y a Melda.
Recuerdo que llegué y te vi sentado en ese sillón que se convirtió en una especie de trono para ti. Te saludé y me dijiste: Juanelo.
Minutos después, tras preguntarnos cómo estábamos, mi tía llegó con una gelatina. Acomodamos la mesa donde tú y Melda solían comer.
Y ahí empezó la magia. Mis papás, mis abuelos, mi hermano, mi tía y yo. No hacía falta más.
Las lágrimas comenzaron a poblar mis ojos, no solo porque llorar es casi como respirar para mí, sino porque ese momento me dio la calma que tanto estaba buscando.
Me cantaste las mañanitas y te levantaste para abrazarme. Corrí a tu encuentro porque para ese entonces tus pies ya flaqueaban, pero aún así me sorprendió tu energía para ponerte de pie.
Tengo una explicación para eso, y no es afán de presunción, bueno, hoy sí, y es que sé que fui tu nieto más querido‘Soy de 1929’.
Me abrazaste. Apoyaste tu cabeza sobre mí. Me dijiste que cuidara de mis papás y que viera también a mis hermanos. Que me dabas ese abrazo, “a secas”, sin regalo.
Lo que no sabes, abuelo, es que ese fue el abrazo más tierno del mundo, el que más recuerdo, el que más extraño hoy que ya no estás.
Y es que aunque estoy feliz de cumplir un año más de vida, también es cierto que este 2025, por primera vez, no te veré ni me abrazarás, y duele.
Por eso, hoy, como ayer, antier, como cada día desde hace 10 meses, regreso a ese día y me refugio en ese recuerdo, a la espera de volverte a encontrar y que me vuelvas a dar el abrazo más tierno del mundo.
