De tamales sabíamos poco, por no decir nada de cómo hacerlos. Por eso nos asustamos cuando nos dijeron que teníamos que hacerlos para la ceremonia de la levantada de cruz.
Pero si algo nos enseñó el abuelo era a hacer las cosas, con miedo, pero hacerlas. Así que mis primas y yo, nos aventamos.
Obviamente, ni abue ni mis tías ni mi mamá nos iban a dejar en el abandono. Pero, eso sí, nos advirtieron: ustedes los van a hacer.
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Y ahí anduvimos, Jimena, Dani, Katy, Diana y yo, moviendo la cazuela para el mole, moliendo los tomates para los de verde, deshebrando la carne, lavando las hojas, yendo a recoger la masa, buscando las ollas y trates para hacer aquellas delicias.
Y la verdad es que nos quedaron buenos. O eso nos dijo abue Melda y otras personas que probaron aquellos tamales que, he de decir, tenían un sabor a nostalgia, a despedida, pero a gusto por hacer algo que sabíamos al abuelo le gustaban.
Pero antes de llegar a aquel veredicto, pasamos por la ardua labor de tomar una hoja, embarrarle un poco de masa y acompañarlo con el chilito verde, el mole y su pollo; o ponerle las rajas con jitomate y queso; o ponerle las pasas y la masa color rosa.
Después, llegaba el momento de doblarlo y evitar que la masa se saliera por los lados. Y ni qué decir de lo difícil que era acomodarlos en las vaporeras.
Y ahí nos veían. Con tamales de todos los tamaños, risas y masa por aquí y por allá. Pero felices. Siempre felices.
Y es que las ausencias duelen menos cuando uno tiene compañía. Es como si el dolor se distribuyera y pesara menos. O al menos es más llevadero.
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Mis primas reían. Mis tías nos orientaban y abue creo que se sentía tranquila, quizá por vernos ahí, cumpliendo con la promesa y el deber de ser los padrinos y madrinas de la cruz de mi abuelo.
Mientras estábamos en esa labor, mi mente no dejaba de viajar a momentos de la niñez. Aquellos en que la vida era más sencilla y se podía resumir en correr de aquí para allá, comer lo que mamá o papá servían en el plato y abrazar a los abuelos.
Cumpleaños. Día de las madres. Día de los padres. Navidades. Años nuevos. Todo era felicidad, o al menos eso nos hacía creer la inocencia de la infancia y de la adolescencia de otras y otros.
Luego la vida se pone complicada. Los tiempos se acortan y los caminos se separan. Y así nos pasó,. Aunque somos primos, algunos nos dejamos de ver por muchos años. Y es terrible cuando la muerte nos vuelve a unir. Pero también nos hizo recordar que el amor por una persona es capaz de unir y que la solidaridad es el mejor pegamento ante la ausencia.
Por eso reíamos. Por nos saludábamos con efusividad. Por eso las palabras de “qué bueno que estás aquí”, o de “los tamales nos quedarán muy buenos”.
Después de envolverlos, llegó el momento más complicado: ponerlos a cocer.
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Mamá, abue y tías nos advirtieron: no se enojen ni hagan corajes, que sino los tamales no van a estar. Pero creo que para ese momento, lo que menos pensábamos era en eso. Estar ahí, reunidas con ellas y con el abuelo, nos tenía de buen humor, a pesar del dolor de la partida de Pedro.
Horas después, los tamales están listos y nosotras respirábamos tranquilidad, claro eso pasó cuando llegó la ceremonia y soltamos lágrimas de aquí para allá, pero si no caímos fue porque nos tuvimos al lado, para abrazarnos, para decirnos palabras de apoyo, para mostrar que nos queremos.
Por circunstancias de la vida, no todas las primas ni todos los primos estuvimos, pero una parte de ellas y ellos nos acompañó aquella noche tan curiosa.
Y es que sin ese rito, el duelo habría sido más difícil. Y es que sin Jimena, Dani, Diana y Katy, esa tarde habría sido extraña. Y es que sin todas y todos, los tamales no hubieran salido tan buenos y Pedro nos hubiera sonreído desde donde estaba.
