El sol quemaba pero no tanto como su ausencia. La cruz pesaba, aunque menos que el dolor de saber que ya no lo volvería a ver. Si ese día no colapsé tan solo fue por la frase que traía alojada en la mente: “busca la flor más bonita y despídete de tu abuelo”.
Eso hice. Después de la misa fallida y el cielo que jugaba a dejar que el sol nos quemara y luego nos mojara, tome una rosa blanca, la más bonita, y la guardé como si fuera el tesoro más grande de la vida.
Mientras caminábamos hacia el panteón, sentía cómo el peso de la ausencia me caía encima. No sabía la manera en la que iba a enfrentar su partida. Tenía miedo del día después, de la semana posterior, del primer año sin su presencia.
Y es que, ¿cómo le iba a hacer para visitar esa casa y no verlo más? ¿Cómo evitar el dolor de no escucharlo decir mi nombre y saber que ya no iba a sentir la calidez de su abrazo?
Pero esa flor me rescató. En realidad ese consejo, que hoy guardo en lo profundo de mi ser y que se ha convertido en la manera más sencilla pero bella de despedir a alguien. La flor más bonita del mundo para quien ya no está.
Mientras nos acercábamos al panteón y el polvo jugaba a acariciarnos la cara, vinieron a mí las horas previas: la llamada de mamá con la triste noticia. El mensaje que mandé para avisar que me había quedado sin abuelo. La llamada de quien me escuchó llorar y me dijo, con esa voz tan tersa y que tanto me tranquiliza, que ahí iba a estar. La llamada que tuve que hacer para pedir que vinieran por mi abuelo. Mis ojos llorando mares al verlo ahí, en su cama, como si durmiera aunque sabía que ya no iba a despertar. La imagen de Melda sentada, a su lado, con la mirada perdida y el deseo de no dejarlo ir. La búsqueda de las cosas que lo acompañarían en el viaje final: su gabán, el bastón que pensó que le regalé, sus chanclas, su playera para dormir, su inseparable gorra y una parte de mi corazón que se fue con él.
Y entonces, me volví a sentir en el abandono. Como horas antes, cuando me senté en la banqueta donde tantas veces estuvo para tomar el sol, mientras perdía la mirada y lo trataba de evocar, barriendo la calle, pintando la pared de la casa de azul y blanco, recortando los arbustos de un vecino, caminando para ir a gritarle a su amigo Arnulfo, su silueta a lo lejos, con el sombrero, las botas de trabajo y la carretilla a cuestas.
Y después, su risa estridente. Su “vamos a desayunar” de todos los domingos. Su Juanelo. Su Juan Orozco. Sus consejos de que cuidara el trabajo. Su petición de que viera por mis papás y mis hermanos. Su bendición, la última vez que lo vi.
Y en medio de todo ello, la flor más bonita del mundo me recordó que fue el primero que me enseñó a trabajar; que aunque me sabía torpe, me dijo cómo agarrar un machete y una guadaña para cortar el pasto; que me hizo querer a las Chivas; que me enseñó a hacer salsa en el molcajete; y que me enseñó a querer mi segundo nombre y a reconciliarme con la nariz grande y con la cara que le heredé.
Mientras la tierra caía sobre su ataúd, mi cabeza no dejaba de pensar en sus historias, esas que nos contaba una y mil veces, en las palabras que nos dejó como muletillas y en el deseo desgarrador de volver a verlo.
Cerré los ojos. Evoqué su rostro. Le hablé una vez más y le prometí que no lo olvidaría, que mientras tenga aliento, su recuerdo viviría y que había escogido la flor más bonita del mundo nada más para recordarle cuánto lo quería, cuánto lo iba a extrañar y cuánto deseaba volver a verlo.
La flor cayó al vacío. Seguramente hoy esa rosa blanca ya se fundió con la tierra o no, y mi abuelo la conserva cerca de él, nada más para recordar que su nieto, el que más quiso, siempre estará con él.
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Hoy se cumple un año desde que Pedro se fue. Hoy hace 365 días una parte de mí también murió. Hoy, hace 12 meses, en medio de la tristeza, me prometí recordarle durante ese tiempo con lo mejor que sé hacer: escribir. Hoy, abuelo, te sigo pensando, te sigo escribiendo, te sigo queriendo. Y hoy también te dejo descansar. Aquí estaremos bien. No te olvido. Pero te dejo ir, porque mereces disfrutar de todo aquello que te espera allá donde ahora estás, porque voy a cumplir mi promesa, porque no estoy solo, porque te quiero, abuelo.
