El profesor como mentor de vida

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Rememoré el papel del profesor en mi crecimiento como espectador de la vida. Los nombraré sin tapujos: Juan Manuel Aguilar y Gerson Moreno. Foto: Pixabay.

Un buen fin de semana como este, me quedé sentado en el sillón leyendo El Señor de las Moscas de Golding y también Arráncame la Vida de Ángeles Mastretta con mi relampaguito de pensamientos (mi novia), pero también le di un vistazo a la continuación de la serie catalana Merlí: Merlí, Sapere Aude.

Gracias a ello rememoré el papel del profesor que es determinante en la personalidad y pensamiento de muchos de los estudiantes. Ahí tenemos a Merlí, quien le dice a Pol sus últimas palabras: “¡ve y estudia la universidad!, no hay mejor etapa que la de ser estudiante, aprendes mientras te enamoras y follas”; pero también está la Bolaño, quien gracias a esos jueguitos mentales con sus alumnos como experimentos filosóficos logra el crecimiento de cada uno de ellos. A veces, creo, la humillación es caldo de cultivo del crecimiento.

En mi caso tuve algunos profesores determinantes en mi crecimiento como estudiante y como espectador de la vida que nombraré sin tapujos: Juan Manuel Aguilar Antonio y Gerson Moreno Reséndiz. De ellos, me invaden invaluables recuerdos que a veces añoro que vuelvan a suceder. Desgraciadamente (o afortunadamente) un alumno de maestría no es igual que uno de licenciatura, quizá, creo, en la primera etapa construyes tu senda y en las posteriores te dedicas a defender esa senda que construiste. El verdadero mérito consiste en saber cuándo remodelarla y cuándo defenderla.

Del señor Juan Manuel adquirí el hábito de la lectura. Me guió en el camino y el primer texto que me recomendó y que nunca olvidaré fue La Senda del Perdedor de Charles Bukowski, supongo que quería que viera que la lectura podía divertirme. Nos acompañó a algunas ferias del libro y ahí fue donde también me recomendó Los Detectives Salvajes de Bolaño, Hollywood de Bukowski, y después fue también Kundera, Vila-Matas, Sergio Pitol, Juan Pablo Villalobos, y una serie más de autores que dejaron una huella imborrable en mí. Hasta que eso cesó y empecé a comprar mis propios libros.

De él también recuerdo cuando me obsequió una libreta pequeña, estilo francés, y sus únicas palabras, escuetas como él dice de mí ahora fueron “escriba”. Por alguna razón extraña siempre nos hemos hablado de usted el uno al otro, y a partir de ahí nunca he podido separar el respeto/admiración del trato de “usted”. Y así lo hice, escribí muchos recuerdos en mi diario, una pequeña novela de cien páginas que ahora recuerdo y me avergüenza, y esto. Bebimos algunas cervezas y fumamos algunos cigarrillos y recuerdo que en cada platica ante mí aparecía una nueva versión de la vida. Era como si con él hubiese aprendido que el hombre puede tener más de una vida, no sólo a través de la lectura, sino de las versiones que uno crea de sí mismo.

Pero también, como buen internacionalista, siempre me recalcó llevarme bien con todos, ejercer una especie de diplomacia local (no me refiero a la paradiplomacia). Me repetía casi siempre que todos necesitaríamos de todos algún día. Por cierto, mi grupo en la universidad debió haber roto todas sus expectativas. Había un telón de acero en ese salón.

Del señor Gerson adquirí mi gusto por el idioma alemán que siempre me recuerda a ese poema de Borges, aunque mi destino sea la lengua castellana “me exaltan otras músicas más íntimas” dice, y de ahí conocí a Stefan Zweig, Herman Hesse, Michael Ende y la Escuela de Frankfurt, pero no sólo eso, sino que el gusto agregado por el metal que también adquirí de él, me enseñó grupos como Helloween, Haggard, In Extremo, Lacrimosa, Angizia, etc.

El primer concierto que compartimos me dijo que el metal había que sentirlo en el pecho, y lo vi envolverse en el slam, fumar, beber, cantar, y supe, por primera vez, aunque suene estúpido, que ellos, Gerson y Juan, también eran unos simples mortales como yo y que entonces, mi ideal de ser como ellos algún día podía llegar a cumplirse.

A veces nos dolía la cabeza o poníamos cara de mongoles durante sus clases. Algo en nuestra mente se acababa de desbloquear. Incluso alguna persona preguntó alguna vez “¿en verdad existimos?”. Todos reímos, claro. Pero dentro de aquella pregunta estúpida había algo más profundo, algo en su interior había cambiado a causa de aquella exposición tan magistral.

Estoy seguro que muchos de mis compañeros también tienen un germen juanmanuelico o gersoniano dentro de ellos.
Por ustedes mis apreciables y admirables amigos profesores.

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