La mayoría de edad

Hace rato di con “La mayoría de edad” de José Emilio Pacheco.

A veces hago lecturas de poemas de manera arbitraria, escojo por corazonada algunos títulos o autores. Hace rato di con un poema de José Emilio Pacheco titulado “La mayoría de edad” que está en el libro Como la lluvia. El poema dice así:

La mayoría de edad
no se alcanza por fecha de nacimiento
ni consta en los archivos oficiales.
Nos graduamos de adultos nada más
cuando alguien nos deja.
En plena juventud llega de pronto
el sabor de la muerte.

Otra vez me sentí profundamente identificada. Las pérdidas en general son una enorme escuela de vida, y entonces entendemos, como acertadamente dice José Emilio, ese tenue sabor de la muerte que nos acecha. También pienso en el otro lado de la moneda, cuando yo he propiciado la pérdida y he dado al otro, a veces de manera deliberada, ese pedacito de muerte. Siempre existe la posibilidad de ser los verdugos igual que la hay de ser las víctimas, podremos herir a alguien, dejar a alguien, en aras de la persecución de nuestros ideales y bienestar.

Estoy convencida de que los poemas nos dicen cosas distintas en diversos momentos de nuestras vidas, pero también creo que hay algunos que provocan sensaciones perdurables, sin importar cuándo se lean. Hace ya varios años que terminé una relación y “me dejaron”. A pesar del tiempo, ese hecho sigue teniendo sus secuelas en mi presente, sin importar que hoy mis circunstancias sean muy distintas. Sobrevive un dolor manso, y es normal, pues al final somos el resultado de todos nuestros dolores. Al leer a José Emilio pienso en la madurez y me pregunto qué es lo que duele y cómo duele: el engaño y la mentira son factores importantes, pero sobre todo prevalece el dolor por mi insuficiencia. Creo que el momento en que yo me sentí insuficiente fue un primer paso a esa mayoría de edad, fue una suerte de revelación que sin duda estaba ligada a la graduación de adulto.

En ese entonces me entregué a la tragedia: pensé en mi dolor como una araña, y que el paso lento del tiempo y las lágrimas le estaban ayudando a tejer su guarida; imaginé que a cada recuerdo la araña seguía poblando con éxito su nuevo hábitat. La pérdida te deja devastado, el mundo sigue, pero estás en pausa, como un intruso en el mundo, porque no puedes dejar de hacer lo que usualmente haces, porque hay que funcionar, y se hace, pero todo se siente distinto, vacío y al mismo tiempo pesado, enrarecido. Y como ha llegado la adultez de tajo es imposible refugiarse en una burbuja y dejar de vivir. Los adultos funcionales en efecto deben funcionar.

Poco a poco se desvanece el estado de tristeza, aunque no se acaba por completo el dolorcito de ver a la persona que amas amando a alguien más. José Emilio no sabía del infierno del Facebook, no sé cómo hubiera sido su poema si a la mayoría de edad pudiéramos sumarle las visitas al perfil del ser amado sólo para ver cómo hace con otra persona las cosas que con uno mismo no quiso. José Emilio no sabía de estados de Whatsapp, palomitas azules, bloqueos y últimas horas de conexión, todos esos avances tecnológicos que ayudan a muchas cosas buenas, pero también a la destrucción de las almas que a fuerza han alcanzado la mayoría de edad. El golpe de la muerte llega de a poco al atestiguar: la madurez no es bonita.

Es cierto que yo nunca he dejado a alguien por otro alguien, en lo que a relaciones de pareja se refiere. En este campo sé de casos de personas que en matrimonios tranquilos han decidido dejar todo por otra persona que les ofrece eso que les hace falta para la plenitud; muchos conocemos a alguien que ha actuado así. En mis relaciones amorosas es usual que me dejen por alguien más. Pero sí he dejado amistades de años, con plena conciencia de estar haciendo un daño. Quizá este “dejar” también puede ser extensivo a lo que uno hace a los amigos.

Y es aquí cuando me pregunto sobre mi papel de verdugo. Lo he hecho a amigos, he establecido mis límites y he cortado de tajo relaciones de años, ¿sería capaz de hacerlo también a mi pareja? No hagas lo que no quieres que te hagan, dicen. Hoy en día soy aficionada a la paz y a la tranquilidad, pero sé que la vida da muchas vueltas. Pienso en la persona que me dejó y ya después de haber matado a la araña y dejar de clavarme en imaginaciones de insectos en mi alma, sé que él hizo lo que tenía que hacer. No era feliz conmigo, ¿cómo podría yo exigirle que se quedara donde él no deseaba estar? A veces pienso que fue la decisión correcta, incluso pienso que, de hallarme en la misma situación yo hubiera hecho lo mismo, y no hubiera tenido consideración por la víctima; al final uno hace lo que tiene que hacer para estar bien, aunque eso implique lastimar a la gente como daño colateral.

Así es la vida. De haberse dado al revés ¿lo hubiera hecho? Sí, seguramente también lo hubiera hecho. Las víctimas superan los embates y se reponen de tal manera que adquieren potencial para convertirse en verdugos. Todos tenemos esa propensión a forzar la pequeña muerte hacia la adultez.

Como siempre, José Emilio da en el clavo. Un breve poema como éste contiene una reflexión existencial que nos concierne a todos. Con pocas palabras, pero exactas, nos acerca a las escenas más cotidianas y comunes, escenas que al mismo tiempo contienen gran sabiduría universal. El pedacito de muerte que llega con la pérdida es parte fundamental de la vida adulta.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *