Quería celebrar un cumpleaños, en cambio escribí una elegía

Me vi frente a la necesidad de escribir una elegía, o algo que se le parece, porque una elegía es un poema de lamentación por la muerte u otra desgracia. Foto: Especial.

Dejé de ser una persona religiosa desde que estaba en la preparatoria. Una vida de escuela católica me orilló a cuestionarme muchas cosas, contrario a lo que sucedió con muchas de mis compañeras que siguieron firmes con las creencias y que hoy en día se mantienen así: tienen hijos y les enseñan de Dios, algunas los inscriben a escuelas católicas, van a misa, mencionan a Dios en sus comentarios en el Facebook.

Yo me fui desencantando cada vez más. Al entrar a la universidad mis convicciones ateas o al menos agnósticas se asentaron bastante. En septiembre de 2010 una de mis tías murió a consecuencia del cáncer. Fue rapidísimo. Y ese hecho me convenció totalmente de que no existía un Dios para mí —ni para nadie, pero al menos yo ya no dejaría abierta la puerta de la duda. Ese Dios que me habían mostrado desde niña, ante el cual hice la primera comunión y atendí a misa por mis quince años, entre tantas otras ceremonias a lo largo de mi vida, en ese momento desapareció por completo.

Había muchas evidencias, cosas que a cualquier ateo ya se le habían ocurrido, pero a mí me parecían revelaciones mostradas por mi inteligencia. Si existe un Dios que es todopoderoso, omnisciente y omnipresente, ¿en dónde queda la libertad humana y el libre albedrío? Si Dios ya lo sabe todo qué más da lo que yo decida y cómo. Se supone que ese Dios es misterioso, pero bueno y justo; entonces, ¿por qué permite maldades e injusticias? Si las permite porque no las puede detener, entonces no es omnipotente; si las permite porque así lo desea, entonces no es bueno.

Entonces llegué a la pregunta más básica para la renuncia a la religión: por qué este Dios que es bueno decidió que mi tía que no le hacía daño a nadie, sufriera, la pasara terrible y muriera tan joven. Y luego fueron cayendo ante mí, como piezas del rompecabezas en perfecta armonía, las evidencias de todas las demás cosas horribles que hay en el mundo y que ese Dios deja que existan.

El consuelo de muchos creyentes es pensar que Dios tiene maneras misteriosas de proceder y que jamás vamos a entenderlas; por lo tanto no tiene sentido cuestionarlas ni padecerlas. Creo que para eso es la fe, pero a mí ni la fe ni el consuelo me sirven. Me parece más bien —para medio hacer uso de la frase acuñada por Einstein— que Dios sí juega a los dados, que si acaso existe, es un ser malvado, cruel y totalmente azaroso. Entonces preferí asumir que no existía, porque pensar que un ser así de cruel dominara al mundo y a mí misma me parecía todavía peor.

Mi tía murió y llegaron de todos lados las palabras “de aliento” que deseaban a la familia la “pronta resignación”. Resulta que diez años después resignación es lo que menos tengo. Hace unos días el desafortunado deceso del papá de una amiga me trajo a la mente esta idea. Ella, igual que yo, afirmaba que jamás se iba a resignar y que agradecía todas las palabras menos las que pedían eso. Después de los años ni entonces ni ahora encuentro que resignarme sea una opción viable.

Escribo esta nota hoy porque el 17 de junio de 2020 hubiera sido cumpleaños de mi tía, y yo, que hubiera querido festejarla me vi frente a la necesidad de escribir una elegía, o algo que se le parece, porque una elegía es un poema de lamentación por la muerte u otra desgracia, y sí, pero yo también quería escribir que no me he cansado de escribir lo mismo cada año y en diversos momentos, y que Dios sigue igual de muerto para mí.

En uno de los membretes de Oliverio Girondo hablaba sobre la inevitable repetición en los temas de los artistas: “Ambicionamos no plagiarnos ni a nosotros mismos, a ser siempre distintos, a renovarnos en cada poema, pero a medida que se acumulan y forman nuestra escueta o frondosa producción, debemos reconocer que a lo largo de nuestra existencia hemos escrito un solo y único poema.” En efecto, hay temas recurrentes en mi escritura: la muerte, el vacío, el fracaso, el error y el trajinar sin sentido de la existencia, por ejemplo. Pero esta pérdida, este hecho concreto regresa de maneras distintas a todo lo que escribo. No lo he superado, no me he resignado, no he hecho un pacto ni una tregua con ese Dios.

Y lo peor, quizá, es que otra cosa “esperanzadora” que acompaña el teatro de la religión es el consuelo de la vida después de la muerte, y eso tampoco va conmigo. Entonces no tengo manera de tener paz pensando que al morir yo me encontraré en el más allá con mis muertos. Estoy convencida de que hace diez años mi tía dejó de existir y la he perdido para siempre. Y he vivido con esa realidad desde entonces.

Pare cerrar, una breve anécdota: el año pasado me casé y pensé que un bonito día para eso podría ser el 17 de junio. Me urgía poner un poco de alegría en ese día, de quitarle esta nostalgia que me cae cada año, pero por temas de practicidad y agenda no fue posible. Ni modo, a veces queremos celebrar cumpleaños felices, y en cambio nos encontramos haciendo lamentaciones como éstas. Así la vida.

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    By: Adriana Dorantes

    Es maestra en Literatura Hispanoamericana. Primer lugar del Certamen Relámpago Internacional de Poesía Bernardo Ruiz, 2009. Ha colaborado en algunas revistas impresas y digitales y suplementos culturales con poesía y artículos sobre literatura, como: Destiempos, Dos Disparos, Valenciana, Mexicanísimo, Casa del Tiempo, Moria, Revarena, entre otras. Autora de los libros de poemas Quién Vive (UAM, México, 2012) y Entre mares alados (Ediciones y punto, México 2014) y del libro de cuentos Vendrá la muerte y tendrá tus ojos (Sediento, México, 2014). Segundo lugar del Torneo de Poesía Adversario en el Cuadrilátero 2015.

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