Proceso

Hoy, un poco más serena y después de un arduo trabajo que implica crisis, lecturas, llanto, enojo, rabia, cansancio, resignación, alegría, reproches e incluso castigo…, estoy logrando cauterizar las heridas

Ha pasado casi un mes desde que no escribo para El Tecolote; sin embargo, he de confesar que a veces mi trabajo, pero sobre todo mi cansancio, me sobrepasa y me cuesta darme un tiempo para escribir, mientras lo que anhelo es dormir.

Un cansancio que surge desde que me despierto temprano, todos los días, para ir a tomar mis clases de inglés y enfrentar el miedo que tengo a hablar en otro idioma, y del que, afortunadamente, mis jefes me dan la oportunidad de acudir. Más la transformación que estoy teniendo, que he de decir es agotadora, porque el cansancio mental es más arduo que el cansancio físico.

Han pasado tantas cosas en mi forma de ser en tan sólo un mes… que lo interpreto como un naufragio. Donde empecé en un barco seguro, pero que estaba recorriendo aguas peligrosas que me embarcaban entre el miedo y terror. Al final, como sucede en ese tipo de aguas, y sobre todo con el mar tan impredecible, mi barco se terminó hundiendo y yo casi, en mi desesperación, me ahogo con él.

Posterior a ello, tomé un momento para respirar y recordar que cuando uno no sabe nadar tiene sólo dos opciones: se tranquiliza y deja que su instinto de supervivencia lo ayude, o su desesperación y pánico lo endurecen haciendo que se hunda. En mi caso, opté por la primera… y aunque tranquilizarme ha implicado llorar por no saber si lo lograría, lo logré.

Logré serenarme lo suficiente como para saber que no moriré y mucho menos de esa manera. Hasta el día de hoy me siento aún en el mar, en medio, respirando profundo y dándome cuenta que este trayecto lo tengo que hacer sola. Aún no veo tierra, ni mucho menos a dónde quiero ir, las lágrimas persisten, pero ya no las detengo; incluso he decidido volver a tomarme fotos después de un largo tiempo sin hacerlo, incluso sin maquillaje, cansada y desarreglada, porque me gusta que reflejen lo que siento en el momento; ya no intento ocultarme ni mucho menos reprimirme.

Dicen que el agua es curativa, sobre todo el agua salada: el sudor, el mar y las lágrimas… en mi caso, las últimas han resultado mi mejor medicina, aunque me hacen sentir que me estoy desprendiendo de cosas, situaciones y personas. Cada vez que lloro es como si dejara algo atrás, algo muy atrás, y cuando lo hago me pregunto si en algún momento lo llegaré a necesitar más adelante; espero y no.

En esto de sacar personas, como sabrán por mis escritos anteriores, lo mío con otra persona terminó, porque él decidió marcharse… Hace no mucho tiempo, probablemente hace dos meses, un señor muy sabio, al verme con la mirada ya no triste pero si cabizbaja, me preguntó qué tenía, a lo que respondí sinceramente.

Su mirada denotaba curiosidad, sorpresa y al final alivio… luego de saber el final de las cosas. Sus palabras fueron contundentes: “jamás va a salir de ti, jamás olvidarás, sin embargo, aprenderás a vivir con ello y con eso me refiero a sin dolor y ¿sabes por qué? Porque hiciste lo que pudiste con lo que sabías y tenías en aquel momento. Ahora tienes mucho que sacar de ello y mostrar a las demás personas la verdadera persona que eres, y con ello me refiero a tu calidez, calidad y noble corazón; pero sobre todo a ti misma. Quien permite tanto no es que sea torpe, es que es noble… y al no saber qué hacer con ello cuando los hieren y los violentan, también empiezan a herir y violentar. Tus reacciones fueron naturales, no te atormentes tanto”.

Hoy, un poco más serena y después de un arduo trabajo que implica crisis, lecturas, llanto, enojo, rabia, cansancio, resignación, alegría, reproches e incluso castigo…, estoy logrando cauterizar las heridas que. a veces, al más mínimo jalón o gota de limón, comienzan a arder. Tal vez es momento de dejarlas de tocar demasiado, sólo lo suficiente para no olvidarme que las viví, pero no para abrirlas y exponerme a flor de piel, nuevamente.

En estas palabras y en este mes, he escuchado la mayor parte del tiempo a Ludovico Einaudi, a quien considero mi pianista favorito; como saben, si me han leído, el piano forma parte de mí. Me transmite paz en tiempos de guerra, me enchina la piel, me pone nostálgica y al final me deja una gran sensación.

Desafortunadamente me enteré muy tarde que el año pasado se presentó en la Ciudad de México y no me enteré por las situaciones que me rodeaban en aquél entonces, así que decidí irlo a ver a Milán, Italia, si todo sale bien, a final de año.

Incluso, hace no más de quince días lanzó una canción de un disco que está dividido en los 7 días de la semana, titulado “Seven days walking” y que será dado a conocer poco a poco. Sin embargo, compartió “Day 2: Birdsong”, una canción extremadamente hermosa y la cual, me ha acompañado a lo largo de estas últimas semanas.

Incluso, recientemente compartió el video, y he de decir que es el tipo de video que yo me imaginaba: lleno de recuerdos, vivencias y procesos, el proceso de componer una canción de piano. Y yo… aún me encuentro en proceso.

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