La voz de mamá se rompió. Abue Eva se había ido. Cada 2 de abril recuerdo el lugar donde estaba, la hora en la que recibí la llamada, el frío que me recorrió el cuerpo y el dolor de saber que ya no la volvería a ver.
Era un abril distinto al de ahora. Hacía calor, el cielo aún era pastel y los días aún sabían a Semana Santa.
Hace meses ya no estabas. Tu cuerpo seguía aquí, pero tú te perdías en tus sueños, en aquellos que te hacían ver a tus papás. En pedir poca comida y quejarte del dolor que atravesaba cada parte de ti.
Al menos, sé que en tus últimos días comiste los tamales que tanto te gustaba hacer y que incluso te dejaste fotografiar, como si nos quisieras dejar un último regalo a quienes nos quedamos aquí.
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Tenías tu gorrito, un suéter ligero y un pantalón verde. Lo recuerdo a la perfección porque me prometí guardar esa imagen hasta el final de mis días, porque prefiero recordarte así a como te vimos en los últimos días, antes del fin.
Es el segundo abril sin ti. Y creo que este duele más porque es Semana Santa. Y por mi cabeza cruza la idea de que si tú hubieras escogido una fecha, habría sido esta.
Cada domingo ibas a misa. En el ranchito, eras la encargada, junto con abuelo Juan, de cuidar la iglesia del Señor de las Maravillas. Siempre buscabas el espacio para rezar y pedir por nosotros. Siempre guardabas el luto necesario en Semana Santa.
Y este año, tu ausencia coincide con esas fechas. Es el segundo 2 abril sin ti. Y aunque quisiera decirte que aquí todo está mejor, lo cierto es que perderte aún me atraviesa el alma.
Pero me refugio en la foto que imprimí para recordarte cada día, en la veladora que te prendo cada abril y noviembre, y en estas palabras que anhelo puedas leer, allá donde estás.
