27 de enero

27 de enero
Foto: Juan Pedro Salazar/El Tecolote.

Viernes 27 de enero de 2013, 18:30 horas. Dos personas se abrazan y están a punto de iniciar una historia que los habría de acompañar durante una década de sus vidas.

Quizás no lo imaginan. Quizás tampoco sospechan que ese tiempo juntos los haría crecer, reír, soñar, pero también llorar y aprender a soltar… Porque la vida es agridulce, así como la cara del niño que le dio una mordida a su dulce de chilito, mientras espera a que el Metro avance.

Pero, la vida es así. Y ese par de personas, que no paran de reírse, está decidido a robarle todos los instantes posibles al tiempo.

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Es el tercer o cuarto viernes que se ven, en medio de las vacaciones de invierno. Ya han visitado el Zócalo y su pista de hielo, Bellas Artes y sus jardineras con artistas que cobran por pintarte o con boleros que podrían extorsionar. Pero el amor juvenil tiene una capacidad singular para proteger a la gente de cualquier maldad o vicisitud de la vida.

Aunque eso no lo piensan ahora, ni por asomo. De hecho, él se ha llenado de tantas palabras y recuerdos que escribirá decenas de cartas y llenará centenas de hojas con todo lo que siente. Mientras, ella, hará poemas y dejará que las canciones aprendidas en su juventud adquieran nuevos sentidos y su arte, bailar, le haga soñar y volar.

Aunque quisieran que el momento se extendiera por horas, están a la espera de que los papás de ella la vengan a recoger.

El mensaje o la llamada ha llegado. Pero sus manos no se quieren despegar, es como si todo tuviera sentido, o quizá es la nostalgia del fin de vacaciones y la certeza de que el estrés volverá, apenas el lunes se asome en el calendario.

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Entonces, ella lo mira fijamente. Él le sostiene la mirada y le sonríe, mientras observa cómo se le hacen dos pequeños hoyuelos en las mejillas y sus ojos, esos que tanto buscará en las noches que están por compartir juntos, se hacen más grandes.

Ella abre sus labios, esos que él ya besó en ese mismo lugar, pero en un día diferente y con una torpeza tan grande que le llevó a prometerle una vida por la eternidad.

Él la escucha y empieza a sentir el hormigueo en sus piernas y en sus brazos, y experimenta la cama chicha que antecede a la explosión.

Ella le dice: “¿quieres andar conmigo?, ¿quieres ser mi novio?” Mientras, él entiende que en el sí no entran las millones de emociones que ahora le abarcan cada parte del cuerpo.

Sí, grita, porque, para ese entonces, ya no sabe si bajarse a las vías y correr detrás del Metro o cómo expresar que ese 27 de enero de 2013 es uno de los días en los que más feliz se ha sentido.

Ella y él se convierten en un nosotros que los hará crecer, reír, soñar…, y también llorar y aprender a soltar, aunque eso lo vivirían y sabrán años después, un febrero de 2022.

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