Todavía significa “se termina”

Todavía significa “se termina”

En febrero cumplí años. Mi abuelo, mis padres y mis tías siempre me acostumbraron a hacer de ese día una gran celebración; me enseñaron a recibir el cariño de quienes me rodean, que todo el mes se come pastel y se celebra como fiesta de pueblo. Es más, se festeja desde el 10 de febrero hasta el 10 de marzo (hoy es 6 y sigo recibiendo apapachos de mis amigos en forma de regalos).

Cumplir años durante los veinte es iniciar una nueva aventura, es emocionante y, durante esa década de mi vida, febrero fue sinónimo de fiestas sin resaca, salidas entre semana, una tras otra, bares, baile y dormir poco.

El cambio drástico ocurrió cerca de los 32, cuando comencé a sentir resaca, ganas de dormir por ahí de las dos o tres de la madrugada aun en medio de la fiesta y a experimetar mal humor si no podía hacerlo. Sin embargo, el verdadero problema no ha sido ese, sino pasar del “te ves bien chiquita” al “te ves más grande” o al “¿A poco X es mayor que tú? Pareciera al revés”. Aceptar que la etapa de “promesa de la literatura” se acabó. A esta edad, si no se cumplió la profecía, no se cumplió y ya está.

Tengo plena consciencia de que históricamente a las mujeres se nos ha impuesto la necesidad y el deseo absurdo de no envejecer, de lucir siempre jóvenes. Sé que rebelarse contra ello y contra los absurdos estándares de belleza y delgadez es una manera de interpelar a un sistema que nos prefiere obedientes; sin embargo, pese al pensamiento crítico, las lecturas y el feminismo, me descubro devastada porque conforme pasa el tiempo es como si irremediablemente algo se me fuera muriendo de a poco.

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“Todavía quiere decir: se termina”, escribió Benedetti en La tregua. Tengo esa frase metida en la cabeza desde que, en la adolescencia, la novela llegó a mí y pienso: todavía me queda un poquito de juventud. Pero un día no quedará nada: ni la belleza, si es que un día la hubo, ni la delgadez ni la juventud. Nada.

Me enrabia pensar en cómo nos han adoctrinado para que este duelo por el físico sea tan severo, tan devastador. Al menos a mí me carcome, y no exagero al decir que me hace querer esconderme del mundo. Ese mosquito mental me quita tiempo de lectura, de escritura y hasta de sueño por estar pensando en cómo arreglar ese “mal aspecto” que impera en mí, porque nunca es suficiente, siempre hay algo que arreglar: kilos de más, flacidez, frizz, celulitis…

Me descubro frente al espejo cada vez más vieja, pero además aparentando más edad de la que tengo, porque los años de desvelo, de trabajo y de fiesta ya se dejan ver en mi rostro cansado; en las ojeras, en las manchas de la piel y hasta en mis propios olores, que últimamente no soporto.

No le he llorado lo suficiente a mi juventud. Pienso que es como cuando alguien muere y, aunque sabemos de lo irreversible de la muerte, nos negamos a creerlo. Apenas estoy en la fase de aceptación.

No mentiré: no me siento optimista. Me cuesta aceptar que algo se pudre todos los días dentro de mí y que hay cosas que conforme pasan los años simplemente ya no serán. Pero cuando vuelvo a pensar en este cumpleaños que empezó el 10 de febrero y parece no querer terminar, me repito que quizá crecer sea eso: aceptar que mientras algunas cosas se apagan de manera definitiva, otras empiezan, por fin, a florecer.

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