La empresa de ser uno mismo

La empresa de ser uno mismo: ¿A qué terrorífico fin sirve el individualismo? ¿A quién no le conviene la unión de los muchos contra los pocos? Foto: Pixabay.

Tomé valor para escribir esto justo al tiempo que acepté que tenía problemas y realicé mi primera sesión de psicoanálisis. Como suelo hacer casi siempre, tecleé en el Google sobre temas de psicoanálisis. Quería saber bajo qué lente se me miraría.

Me encontré que, en general, el psicoanálisis ha sido duramente criticado por varias ramas, debido a su duración, costo e inefectividad. En el otro extremo, también había personas que expresaban notar grandes mejorías después de algunas sesiones. Estas van de 6 meses a 1 año, con la posibilidad de extenderse ilimitadamente.

Aparte de eso, me surgió también una gran disyuntiva. ¿Por qué una gran parte de la sociedad sufre de problemas relacionados con la depresión, ansiedad, síndrome de despersonalización? La última vez que tuve un episodio que creo se podría refugiar acertadamente bajo la denominación de despersonalización, no sentía mis extremidades. Tuve miedo de estar dejando de existir, de empezar a esfumarme. Si pensamos en la escena donde Thanos desaparece a media humanidad y estos se desvanecen cual arena siendo arrastrada por el viento, esa misma sensación de inexistencia tuve yo, y por eso cuando el Spiderman de Tom Holland expresa “No me quiero ir, Señor Stark”, sentí como un choque eléctrico recorriéndome el cuerpo, pues cuando me invade esa sensación, yo tampoco quiero irme.

Pasé días sintiendo que lo que vivía era solo un sueño, que las voces de mis amigos se escuchaban silenciadas. Era como si tuviera permanentemente tapones en los oídos. Eso me sucedía durante periodos, después, simplemente cesaba, o quizá solo me acostumbraba a vivir sintiendo como si todo fuera un sueño, como si yo mismo fuera un espectro que se mira desde fuera de sí, era normal. A veces las lágrimas brotaban como si fueran una defensa de mi cuerpo ante esa irrealidad, como para reafirmar una existencia que la mente, por no sé qué razones, trataba de confundir con otra cosa.

Resultó que algunos de mis amigos cercanos también habían asistido a terapia o lo hacían con cierta regularidad, así que eso me tranquilizó un poco, el hecho de saber que no te encuentras solo en tu sentir tranquiliza. Puesto que muchas cosas no tienen sentido sino solo en sociedad, deberíamos preguntarnos cuánto daño nos hace el individualismo imperante.

Si lo pienso detenidamente, qué sentido tendrían todos los frutos del trabajo entre semana si no hay una cara amistosa que nos tiende la mano los días consecuentes. Una plática que te absorbe sobre los aspectos más oscuros de la vida y del mundo, o sobre los aspectos más positivos. Muchas cosas dejan de tener sentido sin nuestros allegados. ¿Entonces, por qué tan obsesionados con el individualismo?

¿A qué terrorífico fin sirve el individualismo? ¿A quién no le conviene la unión de los muchos contra los pocos?

Lo que pasa es similar a lo que menciona Yuval Noah Harari sobre los cazadores-recolectores y los agricultores. Aunque el paso a la agricultura haya sido la mayor estafa, simplemente ya no podíamos echarnos para atrás. Nos encontramos en un extraño camino que se nos cierra por detrás cada vez que ponemos un pie adelante.

La primera acción humana es la de separarse del otro. El lenguaje en sí, ya es un instrumento del individualismo. El “yo” es diferente del “tú”, el “nosotros” de “ellos”. Por poner un ejemplo, ¿son capaces de imaginar a un chimpancé que se sienta algo diferente al conjunto de su tribu? ¿un chimpancé que se separe a sí mismo de la naturaleza? ¡no!, animal y naturaleza son armonía dentro de su cabeza.

Pensemos también en esa metamorfosis que tiene el protagonista de El Planeta de los Simios. Con la consciencia del lenguaje viene también la consciencia de sí mismo, de su “yo”, pero al contrario que los humanos, los simios reforzaron el “nosotros” y no se enfocaron en el “yo”. Esa separación nos hizo creer que éramos superiores a otras especies y a la naturaleza. Comenzó la explotación masiva y la extinción de especies y daño a los hábitats como no se había visto antes.

La primera percepción de un recién nacido quizá sea el otro, pero poco a poco va tomando consciencia de su “yo”. El otro le parece un ser de otro planeta, y no porque lo sea, sino porque no había visto nada parecido, pues ni siquiera se ha visto a sí mismo. El crecimiento y la vida bajo un sistema capitalista neoliberal se interiorizan. El ser humano se vuelve el capital de sí mismo.

Recordemos aquella sutil pero interesante diferencia entre dinero y capital. Mientras que el capital es el recurso reinvertido con el fin de generar una mayor producción que nos asegure mayores recursos para luego seguir ese ciclo indefinidamente, el dinero simplemente es el intercambio de horas de trabajo por otro bien, un bien que no genera nada más que quizá, utilidad en términos económicos.

Es exactamente esa enseñanza la que nos deja el sistema, que tiene que haber una constante reinversión. En nuestro caso, recreación de nosotros mismos. Si no sucede, entonces estás estancado. Si conservas un trabajo toda tu vida, estás estancado. Por puro milagro, al menos teóricamente, el amor no se ha visto rebasado por esta lógica, aunque en la práctica es exactamente lo mismo.

Traigamos ahora los métodos de producción a nuestra mente, Fordismo vs Toyotismo. El primer método causó enormes problemas económicos a la empresa, automóviles bien construidos, de buena calidad y funcionalidad que causaron que los usuarios no necesitaran un nuevo automóvil en décadas, una caída grave para la demanda que no cubría la oferta. El toyotismo llegó para arreglar esa problemática ofreciendo productos que deben ser reemplazados cada cierto tiempo, se les pone un deadline específico que armonice con la oferta de la industria.

Por si no lo hemos notado, eso mismo son las relaciones laborales. Nos volvemos un insumo reemplazable. Un chimpancé que es uno con su tribu apuesto que nunca sería tan irremplazable como lo somos entre nosotros los homo sapiens. Incluso un perro resiente fuertemente la partida de su compañero humano. Ya hemos visto o sabido de casos donde estos peculiares amigos del hombre esperan días enteros con hambre y expuestos a los caprichos climáticos la vuelta de su compañero humano, algunos incluso llegando hasta la muerte. O también es recurrente el suicidio de los pingüinos al perder a sus parejas. Ese sin sentido que invade tanto al perro como al pingüino.

Es normal, entonces, que recurramos tanto al amor como sociedad, aunque esté cargado de toxicidad y maltrato porque, en una sociedad de lo reemplazable, desearíamos ser irremplazables, aunque sea para alguien. Les daré un consejo que me doy a mí mismo ahora, piensen en sus madres, para ella nunca habrá un hijo igual. El amor de una madre es, con seguridad, la única cosa que se encuentra por encima del podrido sistema. Eso y las amistades que sobreviven al golpe del tiempo.

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