A qué edad es prudente comenzar a sentirse viejo, es decir, comenzar a sentir que todo va en declive, que todo termina.
Hace unas semanas terminé de leer Las gratitudes de Delphine de Vigan. Una novela hermosísima en torno a la vejez y la pérdida que me dejó muy triste y muy conmovida por la fragilidad de todo lo que en realidad somos.
Pocos días después, por alguna extraña razón, me empecé a marear. Un día fue tanto el mareo misterioso que lo poquito que pude comer (un plato de fruta y un pan tostado) lo vomité completo. Y pensé en el declive, en ese camino que nos espera a todos (menos a los jóvenes suicidas) y para el cual nadie está preparado.
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La novela de Delphine me removió muchas cosas. Su protagonista: Michka Seld, es una anciana que está sola y que poco a poco está perdiendo sus capacidades, entre ellas la del lenguaje, lo cual es una tragedia de por sí, pero más para ella que vivió toda su vida de las palabras pues era periodista.
En la novela hay dos personajes que contrapuntean la vida de Michka: Marie, una joven que en su juventud fue acogida por Michka y que es quien se ha dedicado a cuidar de ella; y Jérôme, el médico logopeda que estará ayudando a la anciana con terapias de lenguaje. En las intervenciones de ambos nos enteraremos de aspectos importantes de sus vidas y cómo Michka busca conectarse con ellos de distintas maneras.
Me llama la atención el título de la novela: Las gratitudes. Al final, a pesar de la oscuridad de las acciones, es decir, de la certeza de que Michka está por morir (se intuye de alguna manera que para allá se perfila el desenlace) es una obra muy luminosa y esperanzadora. Hay de fondo una gran necesidad de expresar la gratitud ante la vida, y un deseo por hacerlo antes de que sea demasiado tarde. En este tenor, Michka quiere buscar a aquel matrimonio que cuidó de ella cuando fue niña, cuando escapó de las persecuciones a judíos en la segunda guerra mundial, y siente que necesita hablar con ellos y encontrarlos para poderles decir cuánto les agradece por haber visto por ella.
Pero no sólo aparece el agradecimiento en aspectos propios. Por ejemplo, Michka insta mucho a Jérôme a que arregle los asuntos que tiene con su padre (Jerome le ha dado a entender que hace tiempo no habla con él y no lo ha visto en años). Michka, en esos meses en que ella está haciéndose menos y menos, en todos los aspectos, lucha por que Jérôme vea a su padre, para que no se distancien más y puedan arreglar sus problemas, en una manera de invitarlo a dejar las cosas en paz y él mismo pueda estar en paz.
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¿A qué edad uno empieza a pensar de esta manera ante la vida? De jóvenes damos todo por sentado y sólo pensamos en el futuro, pero conforme avanzan los años empezamos a ver que hay cosas más importantes que nuestros propios planes. Quizá cuando comienzan a fallar las cosas es que valoramos todo lo que ha estado a nuestro alcance y hemos dado por hecho, sin pensar que un día nos hará falta. Qué iba yo a pensar que de pronto me iban a dar mareos sin razón al punto de no poder ni caminar ni lograr que la comida se me quedara dentro. Y eso es una puntita del iceberg que se viene con la edad…
Pienso, como Michka, en la gratitud. Pienso en rehacer amistades que rompí hace mucho tiempo, en tratar de arreglar cosas. Pienso que tal vez deba abrir esas puertas que he decidido mantener cerradas para marcar límites con personas por diversas razones que con el tiempo tal vez ya dejan de ser válidas. Pienso que no sé (como nadie sabe) cuánta vida queda para seguirlas dejando cerradas.
Hacía mucho que no me conmovía tanto un libro, que no me hacía sentir tan empequeñecida y al mismo tiempo tan plena. Amo que la literatura haga esto (también puede influir, no lo dudo, estar escuchando a Gergory Alan Isakov, a Edith Whiskers y a Patrick Watson). Sí recomiendo enfrentarse a Las gratitudes porque sin querer inyecta un montón de perspectiva.
