La cebolla y el azadón 

La cebolla y el azadón
Foto: Pixabay.

Había en Heidegger dos formas de existir: la auténtica y la inauténtica. La primera pertenece a quienes se saben seres para la muerte y, por ello mismo, exprimen el sentido de la vida. La segunda es de aquellos que, aun sabiendo que van a morir, piensan que jamás les pasará a ellos o lo ven como un evento a muy largo plazo.

Un día, mientras caminaba al cuarto que rentaba en Santa Fe, me di cuenta de que a mi madre le hubiera encantado la idea de verme morir atado a un solo empleo. Entonces tomé como caso hipotético una vida útil de 50 años, para la cual me faltaban alrededor de 7 mil días por vivir. Siete mil días, tal y como los estaba viviendo, resultaban insoportables solo de pensarlos. Y me dije: ¿por qué esperar? No quiero ni uno solo más de estos días.

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Dejé de guardarme las cosas. La decisión me devolvió de golpe a la secundaria, a esa época en que me tragué en silencio el amor por una de las chicas más guapas e inteligentes de la clase. Tuvo que llegar el último día de curso para que me atreviera, por fin, a confesarle lo que sentía.

¿Por qué esperar siempre al final? Es absurdo seguir viviendo como si creyera que nunca voy a morir.

Aunque a muchos les asusta la idea de envejecer, a mí me entusiasma: concibo la vejez como una conquista de sabiduría. Me emociona sentir que día con día me acerco a la versión que estaba destinado a ser. Si la vida fuera como una cebolla donde cada capa representa un miedo o un prejuicio, diría que con los años esas capas se van cayendo, dejándonos por fin al desnudo.

De pronto, las rosas que nunca regalé por miedo a verme como un estúpido caminando por la calle —porque la gente nunca sabe si vas a entregarlas o si ya vienes de regreso del rechazo, como decía Carlos Ballarta— pasaron a ser una nimiedad. Estaba dispuesto a comprar el ramo más grande para la chica que me gusta. De pronto, Hollywood empezaba a hacerme sentido: los besos bajo la lluvia, los viajes con música de fondo aunque nadie la esté reproduciendo, la esperanza del hombre perdido que presiente que está a punto de conseguir algo mejor y las frases de batalla de Rocky Balboa.

¿Cuándo fue la última vez que la brisa de la lluvia me había dado en la cara y la había disfrutado? A veces la monotonía termina por consumir la existencia. Fue ahí donde me descubrí leyendo Loa a la Tierra de Byung-Chul Han y regresando a la raíz de la humanidad: la tierra. Ese pequeño experimento de cultivar que es, en realidad, la labor que los dioses reservaron para los humanos: crear y destruir.

La monotonía consume también el conocimiento del otro, tal como lo describe Haruki Murakami en Crónica del pájaro que da cuerda al mundo. La primera vez que vi a mi madre en su puesto de plantas y la escuché hablar con la gente —diciendo el nombre de cada especie, rozando incluso el nombre científico, describiendo sus propiedades y embelleciendo su oficio— me di cuenta de que no conocía a mi propia madre. ¿En qué momento se convirtió en una experta? Nunca lo supe, pero me emocionó tanto ese mundo que se había construido que yo también tomé el azadón y me sumé a la labor que los dioses nos reservaron: la creación y la destrucción. Yo destruía y ella creaba.

En la obra de Murakami, un gato perdido adquiere una relevancia astronómica en la vida de un hombre desempleado; en la de Byung-Chul Han, el jardín cobra tal fuerza que lo regresa a las raíces de la tierra berlinesa. En mi caso, la revelación ha tomado la forma de un híbrido: la urgencia de la vida ha quedado repartida entre un perro y una lombriz.

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