Epistolarios de amor de Gustave Flaubert

Gustave Flaubert es espontáneo y sincero. Foto: Especial.

Gustave Flaubert escribió cerca de 3,800 cartas a Louise Colet, su amante. Las epístolas nos abren la puerta hacia ese otro Flaubert. Este tipo de textos es tan rico que debería leerse a la par de su literatura. André Gide incluso afirmó que cambiaría las novelas de Flaubert por su correspondencia, y es que en estas cartas fluye la pluma de un autor humano y al mismo tiempo erudito, un hombre encarcelado por las vicisitudes que le interrumpen el cauce vital, sí, pero con una respuesta inteligente ante ellas.

Me cuesta imaginar cómo era la vida en 1846, cuando Gustave conoce a Louise. Mucho más me cuesta dimensionar lo que significa en horas y en volumen, la escritura de 3,800 cartas. Nosotros, en la era de los textos predictivos y los audios, no podemos ni imaginar este intercambio pausado de ideas. Nosotros, en la época de lo inmediato, carecemos de la paciencia necesaria para esperar una respuesta que tardara días, semanas o meses.

Otro detalles que me pone a pensar es ¿qué tanto ha cambiado el amor de entonces al de ahora? El escultor James Pradier fue el encargado de presentar a los amantes, curiosamente lo hizo con la intención de que Gustave tuviera una amante fija, por razones estrictamente higiénicas. El plan tuvo éxito, del primer encuentro se desprendió el siguiente y el siguiente, todos apasionados tal como se pudiera imaginar entre dos amantes ávidos de desfogue sexual. La relación trascendió a una compenetración intelectual profunda entre ambos, no siempre de acuerdo en los temas, pero sí siempre en complicidad.

Gustave encontró en Louise un receptáculo para la expresión de sus más profundos sentimientos, así como sus ideas más sinceras y auténticas. La redacción no tiene freno. Se aprecian “escritas al vuelo” por el ímpetu de las ideas, pero también dejan ver la perfecta factura de su prosa, la cadencia, la cohesión. Gustave suele relatar escenas cotidianas y mundanas seguidas por episodios de revelaciones intelectuales y vitales, con un sello peculiar de erudición. Por ejemplo: “Me fastidia la inteligencia; quería ser completamente sencillo para amarte como un niño, o si no, ser un Goethe o un Byron”.

Gustave es espontáneo y sincero; no se le nota tortuoso ni obsesivo como muchos dicen que era en especial con respecto a la escritura de Madame Bovary. Sobre su libertad vital y la deliberada falta de planes y tensiones, rescato esta frase: “Mis libros están abiertos en el mismo sitio; nada ha cambiado. La naturaleza exterior nos avergüenza: es de una serenidad desoladora para nuestro orgullo. Es igual, no pensemos ni en el porvenir, ni en nosotros, ni en nada. Pensar es la manera de sufrir. Dejémonos llevar por el viento de nuestro corazón; mientras hinche la vela, que nos empuje como guste y, en cuanto a los escollos… ¡qué más da! Ya veremos.”

Admiro la soltura y el símil con nuestra realidad del siglo XXI. Han pasado muchos años y seguimos pensando en la importancia del vivir ahora, de escuchar los mandatos del corazón. Y es verdad que a veces nos suenan a lugar común, pero el hecho es que ese pensamiento sigue en el aire y se reproduce con frecuencia. Quizá no hemos cambiado tanto, no somos tan diferentes.

Siguiendo con las cartas, noto que Gustave es un hombre que se enamora sin reservas. Claro que, presa del amor, lo maldice cada que puede (qué familiar suena también esto). Gustave desprecia los engaños y embrutecimientos del amor, pero en sus diatribas deja ver cuáles son sus convicciones personales frente a éste: un opio irrenunciable, un algo irresistible que daña a quien lo toque. Así se lo escribe a Louise: “¿No sabes que amar demasiado trae mala suerte a ambos?” “Lo grotesco del amor me ha impedido siempre entregarme a él.” “Estoy espantado del amor, porque siento que nos devora a ambos, sobre todo a ti”.

Gustave, a pesar de eso, ama, profunda e intensamente: “Apenas te he dejado y, a medida que me alejaba, mi pensamiento regresaba hacia ti. Corría más aprisa que el humo de la locomotora que huía tras de nosotros (es una comparación con muchos humos, perdón por el chiste). Vamos, un beso, rápido, ya sabes cómo […], y otro más, ¡más!, más, y también, después, bajo la barbilla, en ese sitio que me gusta de tu piel, tan suave, en tu pecho donde apoyo mi corazón. Adiós, adiós. Todas las ternuras que quieras.”

Quizá nos hace falta un poco de ese amor que lo arrasa todo. Pero ahora la locomotora no es un referente y nuestros mensajes (en general, de amor o no) son tan vertiginosos y tan demandantes de respuesta que es imposible atesorar la espera y la metáfora.

Flaubert supo que la felicidad era pasajera, que las desgracias del mundo eran enormes y que él era sólo un hombre más, doliéndose de la existencia. Y aquí nos sorprende con verdades universales que siguen vigentes en nuestros días: “Siempre es así: uno hace sufrir a los que quiere, o ellos le hacen sufrir”, o esta otra, fulminante: “Ser tonto, egoísta y tener buena salud son las tres condiciones requeridas para ser feliz; pero si nos falta la primera, todo está perdido”. Gustave también sabe que la felicidad es más bien una condena, que la alegría no dura y que mientras dura, también duele: “Cada alegría hay que pagarla con un dolor, ¿qué digo con uno?; ¡con mil! Así pues, hago bien en no buscarlas demasiado. La felicidad es un placer que te arruina.” Y esto se me hace tan actual, tan hermosamente doloroso e inherente a la condición humana sin importar los años que pasen y las experiencias vividas.

Con estas pequeñas frases pretendo mostrar una parte más íntima del escritor, esos detalles que no están tan al tacto en su literatura y hacer una invitación a la lectura de esta faceta. Quise rescatarlas también para pensar un poco en cómo ha cambiado o no el amor, así como nuestras formas de relacionarnos. ¿Cómo escribiría Gustave en el siglo de emojis que nos tocó vivir?

Termino con una cita de Jorge Luis Borges en torno a esta escritura de Flaubert: “Quijote y Sancho son más reales que el soldado español que los inventó, pero ninguna criatura de Flaubert es real como Flaubert. Quienes dicen que su obra capital es la Correspondencia pueden argüir que en esos varoniles volúmenes está el rostro de su destino.”


Referencias
Flaubert, Gustave. Cartas a Louise Colet, Siruela, 2003.

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