Verano, calor y cansancio

Nunca había sentido calor por ser gorda. Me refiero a ese calor que da cuando no te puedes quitar el suéter o la chamarra porque, de lo contrario, saldrían a la luz tus brazos gordos y tu abdomen flácido y abultado. La gente se ríe cuando lo digo en público, pero ¿acaso no notan que para mí no es gracioso?

Es casi verano y yo amo el verano, me encanta usar shorts y blusas sin mangas, pero éste es el primer año que no lo haré. Definitivamente no. Me avergüenza y aterra a partes iguales salir a la calle y sentir que la gente observa todas esas partes que yo odio de mi cuerpo, que ahora son casi todas.

¿Acaso soy la única que se siente así, en un mundo donde tenemos todo para hacer de todo, excepto tiempo? Cuando empecé a trabajar, compré leggins, una elíptica, mancuernas, tenis y todo lo necesario para hacer ejercicio en casa, previsora de aquellos días en los que no pudiera ir al gimnasio, pues estaba tan acostumbrada al ejercicio, que temí lo peor si lo dejaba. Luego sucedió: dejé el gimnasio y, poco a poco, también los días de ejercicio en casa, pues llegaba tan cansada que sólo quería dormir, tan hambrienta que sólo quería cenar o simplemente tenía que trabajar más.

Así, mi cuerpo se fue transformando en lo que ahora es, algo que no me gusta y con lo que no me siento identificada, pues veo las fotos de antes y de ahora y siento como si mi aspecto no correspondiera al de la persona que solía ser. Mis ojos se llenan de lágrimas al no poder usar la ropa que solía usar porque ya no se ve bien, o peor aún, porque ya no me queda. Me apena ya no poder tomarme fotos o encontrarme a conocidos en la calle por el temor a que me vean con muchos más kilos de los que solía tener.

Y sí, también pasa por mi cabeza esa idea de que debemos romper con los estereotipos y aceptarnos tal cual somos, pero no, me niego a vivir en un cuerpo que no me gusta. Pienso y pienso en un montón de cosas, en que estamos acostumbrados a vivir al límite y llenos de responsabilidades que no nos permiten un gasto de tiempo extra imprevisto. El trabajo, el otro trabajo, la editorial, la revista, el perro, el veterinario, el estilista, los amigos, la familia, la pareja y, al parecer, es imprescindible atender a todos, menos a nosotros mismos.

Y claro que lo sé, sé que es mi responsabilidad y que todo se trata de fuerza de voluntad, pienso en los días en los que la tuve para estar puntual en el gimnasio y no fallar y estar convencida de cuáles eran mis objetivos hasta alcanzarlos, ¿pero ahora? No puedo responderme qué tenía hace un par de años que ahora no, la gente siempre asume que ser joven es sinónimo de juventud, pero me siento tan cansada, que quizá esa es la diferencia.

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