Terminó el 2025; logré leer 37 libros (algunos en modo audiolibro, ya en otra ocasión podemos abrir debate sobre si eso es o no es leer). Quiero platicar brevemente de aquéllos que me sorprendieron y encantaron, a modo de mini reseña, como puerta para que tengan más lectores y, tal vez, se haga objeto de comentario o debate.
Los enlisto en el orden en que fueron leídos, no en el nivel en que me hayan gustado, pues creo que estos cinco se encuentran, por diferentes motivos, en el mismo pedestal de lo que para mí es la gran literatura.
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Comienzo con Los inocentes, de Hiram Ruvalcaba. Este autor, si la crítica literaria abre bien los ojos, se va a convertir en un referente de la literatura mexicana. Sus escenarios están en el sur de Jalisco, como Rulfo, como Arreola, y las historias no escapan del contexto nacional, pero sin duda son universales porque es universal el dolor, el miedo, la angustia. Los relatos de este libro retratan la violencia, pero también las acciones de los seres humanos cuando éstos son llevados al límite. ¿Ayudarías a tu hijo cuando tocase a tu puerta pues acaba de asesinar a su novia? ¿Cómo te comportarías si tras meses de buscar el cadáver de tu hija tienes que rescatarlo en partes porque está repartido en una escuela de medicina? Esto es una probadita de lo que hay, un libro increíble, doloroso y con una narrativa impecable.
Continúo con El buen mal, de Samanta Schweblin. Personalmente no me han enganchado sus novelas (Ni Kentukis ni Distancia de rescate), pero si con Pájaros en la boca ya había probado que es una gran cuentista, aquí lo reafirma. La manera en que introduce tanto el horror como lo sobrenatural en lo cotidiano es verdaderamente magistral. A Samanta no le interesa explorar el origen de la maldad o de lo extraño, sólo lo presenta, asume que existe y de ahí parte hacia lo que puede ejercer en los personajes. Uno de los más impresionantes, a mi manera de ver, es el de “El ojo en la garganta”: narra los eventos devastadores que se suceden después de que el pequeño de la familia se traga por error una batería que lo hace perder la voz; y me refiero a eventos devastadores por decir lo menos, pues el final fue uno de esos que de verdad me dejaron trastornada. Samanta es de las buenas, créanme.
En el orden del horror mezclado con el cotidiano llega la increíble y extraordinaria novela El cielo de la selva. Híjole, qué agradable sorpresa fue encontrarme con la locura de Elaine Vilar Madruga, autora cubana que lleva al lector a lo fantástico que es también lo cruel, que es también lo familiar, que es también lo irrepetiblemente espeluznante. El mundo que construye Elaine es de esos que se te quedan para siempre. Nunca verán igual los árboles ni las casonas viejas, es un hecho. Pero Elaine no se queda ahí, pues también explora temas de importancia actual: las drogas, la prostitución, la maternidad, todo envuelto en esa atmósfera que, como la selva, engulle y traga porque siempre tiene hambre.
Cierro este top con Noventa millones de soles, de Iliana Vargas. Repito como he repetido siempre que hablo de Iliana: no lo digo porque sea mi amiga, sino porque genuinamente posee una imaginación inaudita, una construcción de mundos distópicos perfecta y una de las narrativas más originales que he visto en los últimos años. Es difícil sostener la congruencia de las distopías: es necesario poner atención a cada detalle del entorno, ser verosímil y dejar claras las reglas del mundo para triunfar en el lector. Bueno, Iliana lo hace ver muy sencillo. En este libro encontraremos historias que narran las consecuencias de actos humanos: por un lado, la destrucción, y por otro la manipulación sistemática de la naturaleza, que deviene en tragedias o en acciones inimaginables en busca de la sobrevivencia. Lean a Iliana, me atrevo a decir que es una de las voces más importantes de la literatura especulativa.
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Mención especial tiene Las gratitudes, de Delphine de Vigan, pero de ese título ya hablé un poquito en otra entrada. Nada que ver con los anteriores, pero casi me hace llorar.
