Llevo tu vaso de café con leche de polvo en la mano. Me lo pediste porque la jornada sería larga y necesitabas una bebida que te hiciera despertar.
Camino bajo el sol de un agosto raro. Al otro lado del mundo hay un eclipse y yo tengo la sensación de que algo está por cambiar.
Pero como odio esa parte tan sensible de mí a las energías, me refugio en pensar cómo sería el día a día si la vida nos hubiera tenido uno al lado del otro.
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Creo que no nos faltaría el café en el desayuno. Supongo que tú comerías primero porque a mí me encanta dormir y a veces puedo prescindir de llenar mi panza si eso me permite seguir acostado unas horas más.
Aunque, no crees que te dejaría hacer el desayuno a ti. Trataría de dejarlo listo para cuando tus ojos abrieran, por ahí de las 7 de la mañana, según me contaste una tarde cualquiera.
Yo lavaría los trastes. En principio porque me distrae hacerlo y en segundo porque sé que es de las cosas que más te molestan.
Eso sí, negociarla contigo: tú trapeas, yo los trastes. Tú la ropa, yo el baño. El equilibrio perfecto en una vida que suena tan idílica que supongo que al destino le dio miedo hacerla realidad.
Me fascinaría que apoyaras la palma de tu mano sobre mis mejillas o que entre hora y hora, dejaras caer tu cabeza en mi hombro. Me sentiría tan rey del mundo, que ni la idea de hacer miles de guiones o de buscar clics al sitio me asustaría.
Perdería mi vista en ti, cuando tu mano se deslice sobre el mouse pad y tus ojos estén tan concentrados en crear. Aunque, eso sí, a veces desviaría la mirada para que no pensaras que te estoy presionando a terminar.
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Desde que te conozco, admiro tu trabajo y, de hecho, si todavía lo recuerdas, esa fue la primera conversación que tuvimos.
Ya sé que me dirás que me acuerdo de cosas raras. Y sí. Pero, te juro que dejaste una huella tan profunda en mí, que ahora ese recuerdo es imborrable.
Llevo tu café con leche en polvo en la mano y camino tan emocionado, que llevo la sonrisa más traslúcida que recuerdo en meses. Que tu nombre en la voz de otros me pone en alerta, que mi nariz te busca, apenas detecta el aroma de tu perfume, que mis ojos son el espejo más fiel de todo lo que puedo cargar en el alma.
Por eso, vuelvo a imaginar lo que tendríamos si la vida sí hubiera querido. Comería alitas con singular alegría. Renunciaría hasta comer pechuga asada y pescado, o al menos buscaría mil y una recetas para que te gustara, acaso porque aún creo que el amor puede cambiar algunas partes de las personas.
Y sé que si nos enojáramos, al final del día nos encontraríamos en una serie, en una canción, en una película o en la plática más simple pero más sustanciosa de nuestras existencias.
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Porque hoy sé que hay algo que conecta entre ambos. Que aunque quisiéramos esconderlo, siempre busca la manera de estar presente. Pero que el presente no vive del futuro ni de las esperanzas o expectativas que puedan vivir en ti, en mí. Que el presente nos tendrá así, caminando en líneas perpendiculares.
Quizá por eso clavo mi mirada en el café con leche en polvo que llevo en la mano, porque es lo único que me queda, la esperanza de que alguna mañana sea yo quien te lo prepare, sea yo quien te lo lleve a la cama, sea yo con quien quieres pasar tus mañanas, y seamos tú y yo, recordándole a la vida que la imposibilidad puede ser posible.
