Tenías una risa muy particular. A veces la descubro en mí y me entra la nostalgia al saber que ya no te volveré a escuchar reír. Siempre me quedé con las ganas de saber más de ti, abuelo Juan.
Pero tendré que esperar hasta que te vuelva a encontrar para que, ahora sí, me cuentes de tu vida y me enseñes a cortar plátanos y naranjas de la huerta que seguro tienes allá, donde estás.
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Quién diría que ya pasó un año desde tu partida, que la última vez que te vi fue un noviembre, cuando tomabas café y me decías que comiera más tamales. Quién diría que lo más cerca que estuve de ti, en tus días finales, fue afuera del hospital, mientras la temperatura bajaba y la luna era un puntito fino en el cielo azul de diciembre. Quién diría que poco se sabe de ti, de tu familia, de tu historia, de tus gustos y de lo que te hacía feliz.
Por eso, cuando te encuentre no me despegaré de ti por mucho tiempo, hasta conocer todo lo que me faltó de ti.
Pero, mientras eso pasa, me refugio en los recuerdos de la infancia. En la alegría que se te dibujaba en el rostro cuando nos veías llegar al rancho, en las pencas de platanos que cargabas para satisfacer a tus nietos.
Que si plátanos dominicos, que si los machos para que abue Eva los hiciera en la noche, que si los de cáscara roja; que si las naranjas; que comiéramos esto y el otro; que te levantabas temprano para ir al solar; que si ibas a pasar a la iglesia a santiguarte con el Señor de las Maravillas; que si mirábamos cómo la noche le ganaba a la tarde, mientras repetidas buenas tardes a todos aquel que pasaba frente a tu casa.
Que si tus dientes blancos y perfectos; que si la fuerza de un hombre construido bajo el sol de Veracruz y bajo los tristes preceptos de que ocultar los sentimientos era de un verdadero hombre.
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También, recuerdo tu alegría al celebrar el aniversario de bodas. Lo bien que lucias con el traje blanco, que hacía juego con el cabello canoso que portabas desde los cincuenta y tantos años; de tu foto, tomado del brazo de tu esposa; del beso que se dieron y de la alegría que sentías al ver a tus hijas, nietos y nietas ahí, contigo.
A veces creo que ese fue el momento que más disfrutaste. Pero, luego viene a mi mente las veces que le decías hija a mi mamá y cómo buscabas proteger a Elena de cualquier mal, o que siempre nos ibas a comprar un refresco o pan, o algo, apenas llegábamos a tu casa, y creo que esa era tu forma de decir que nos querías y lo mucho que importábamos en tu vida.
Siempre me preguntas cómo me iba en el trabajo y dónde vivía. Sentía que querías explorar en mi vida pero que no sabías cómo hacerlo y yo no te daba paso a más. Lo lamento, debí haber sido mejor nieto.
Pero, siempre te quise. Siempre fuiste una figura que quería ver en mis vacaciones de niño; y también, siempre fuiste un enigma para mí.
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A veces me digo que lo callado lo saqué de ti. Y he pasado noches buscando rastros de ti en mi cara, aunque me complace saber que se me quedó tu risa. Y eso me alegra y me da paz.
Siento que te hayas tenido que marchar tan rápido de esta vida. Pero entiendo que el día a día era difícil para ti, sin Eva. Nunca voy a olvidar cuando te vi cuidándola, mientras ella reposaba en su cama. En tus ojos y en tus manos acariciando su cara reconocí el amor por la compañera de vida y supe que eso también te aprendí, a no dejar a quienes amamos ni en el peor momento de la vida.
Tampoco olvidaré la tristeza que llevabas en los ojos el día que Eva se fue, las palabras que le dedicaste cuando la viste recostada con el vestido de su aniversario de bodas. Supongo que por eso querías irte con el mismo traje que llevaste aquella tarde.
Y aunque hoy ya no estás, quiero decirte que te recuerdo y te llevo en lo más preciado de mí: mi nombre, que cuando dicen Juan, me siento orgulloso de que hayas sido mi abuelo y que cuando nos volvamos a ver, ahora sí sabré todo de ti.
