El último día

último día
Foto: especial.

Era sábado, el 11 de mayo de 2024.. Festejaríamos el Día de las Madres un día después. No imaginaba que ese iba a ser el último día en que te vería.

Llegué a tu casa, esa que tanto tiempo te tomó construir y que por años lamentaste no haber comprado más terreno. Lo cierto es que ese lugar, chiquito o no, nos dio los mejores recuerdos de la vida.

Toqué la campana, esa que te empezaste en poner y que mi papá usaba para avisarnos de su llegada.

Entré y caminé a tu casa. Te vi sentado, con la cabeza agachada, como si estuvieras resguardado en tu mundo, o quizá veías a tu mamá y tu abuelo, hablándote, diciéndote que no tuvieras miedo, que ellos estarían ahí.

Te invitamos a leer: El abrazo más tierno del mundo

Abuelo, te dije cerca de tu oído para que me escucharas. Soltaste un leve ‘Juanelo‘ que me hizo sentirme tranquilo. Me quedé contigo unos minutos, sentado a un lado de ti, mientras abue Melda buscaba unos platos de plástico para que comiéramos.

Te dije que volvería. Saqué la mesa al patio y ahí abue Melda me dijo que no habías comido, que apenas si hablabas y que te veía triste. Me preocupé, pero luego recordé que momentos así ya habías tenido y que de todos habías salido adelante.

Todo estaba listo para la comida. Tía Jose y mamá me dijeron que fuera por ti para que comieras. Lo hice.

Entré a tu casa. Tenías los ojos cerrados y las manos entrelazadas. Me dio pena despertarte, pero más pena me hubiera dado saber que no comerías.

Abriste los ojos. Te dije que te iba a cargar para ponerte en la silla de ruedas, pues desde hace días, te movías así. Te tomé en mis brazos y te puse en la silla. En esos segundos, las lágrimas me invadieron al recordarte fuerte, al ahora saberte frágil.

Puse tu silla en el patio. Abue se acercó a ti y te puso el babero, mientras Dani se acercaba a ti para darte de comer.

Te invitamos a leer: Abuelita Melda

Aunque una sensación de tristeza nos invadía, al verte tan ausente, también es cierto que sabíamos que debíamos hacer de ese momento y los demás por venir, los mejores, o al menos unos que te pudieran ayudar a despejar la niebla que ya poblana tus ojos.

Después de un rato, quisiste regresar a tu casa. Me levanté para llevarte. A veces pienso que lo hice porque tenía la necesidad de sentirte cerca, de construir momentos para los días difíciles por venir.

Entramos a tu casa. Te pregunté si querías estar en el sillón o en tu cama. Escogiste lo primero. Te volví a cargar y acomodar, tratando de que tu cabeza descansará.

Balbuseaste un gracias, hijo, y solo atiné a darte un beso en la frente y recargar tu cabeza sobre mi pecho.

La comida siguió afuera. Reímos. Éramos pocos, pero los necesarios. Los que siempre estuvimos ahí. A veces tu nombre salía a flote.

La noche nos empezó a ganar y para esa hora, ya estabas recostado. Después de levantar la mesa y acomodar las cosas, papá dijo que ya nos iríamos.

Te invitaos a leer: 95

Entramos a tu cuarto. “Ya nos vamos, papá, dijo Nacho.

Uno a uno nos despedimos. Pero me llamó la atención que ahora dilatabas más tiempo en despedirte. Después entendí porqué.

Me acerqué a tu cama. Te dije que ya me iba y que nos veíamos la próxima semana. Me pediste acercarme a tu cara. Levantaste tu mano y me santiguaste. Me diste tu bendición.

Las lágrimas volvieron a salir de mis ojos. Me negaba a llorar porque no quería que te sintieras triste, aunque la verdad es que algo me decía que ese iba a ser el último día que te vería.

Me aferré a ti. Te pedí que te cuidaras y que comieras, porque nos veríamos la otra semana. Volví a besar tu frente y tocaste mi brazo con tu mano.

Días después, cerrarías los ojos para siempre. Un año después recordaría que un 11 de mayo fue el último día que te vi.

Leave a comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *