Serendipia y Alejandro Páez Varela

Seguí creyendo en la serendipia y decidí que a pesar de ese vacío tan triste, debía retomar la experiencia del encuentro. Foto: Especial.

Se conoce como serendipia al descubrimiento o hallazgo realizado por accidente o casualidad, inesperado y afortunado de cosas que no se están buscando ni investigando, pero que son la solución para otro problema que se tenía.

El fin de semana me sucedió algo que no sé si totalmente sea serendipia, pero se le parece bastante: no buscaba lo que hallé, y al hallar creí que experimentaría la fortuna, pero en realidad experimenté el vacío y la angustia de haber perdido en lugar de encontrado. Trataré de explicarme. Buscaba unos textos en mi viejo blog (que abandoné hace algunos años) pues, según recordaba, ahí había un par de referencias de poemas que quería mostrar a mis alumnos en el taller de poesía. Por quién sabe qué casualidades volví la vista a una sección que jamás suelo ver: en el lado derecho del blog había puesto enlaces a otros blogs o páginas web que me gustaban. Ahí, en primera fila, estaba el enlace al sitio de Alejandro Páez Varela. Qué afortunado hallazgo, pensé, porque los textos no periodísticos de Alejandro, consignados en su página personal, servirían muy bien también para mi taller. Esto es serendipia, pensé.

La ilusión se terminó pronto cuando, al dar clic al enlace, me topé con que dicha página ya no existía. La pantalla me devolvía un horrible “404. Not found error”, por lo cual todas las bellas entradas que él escribió hace años ahora están perdidas para siempre, al menos en el mundo cibernético. Hallazgo muy desafortunado. Pero seguí creyendo en la serendipia y decidí que a pesar de ese vacío tan triste, debía retomar la experiencia del encuentro / desencuentro para escribir sobre él.


Te invitamos a leer: La Línea nigra como marca de la oscuridad


Primero que nada, ¿por qué pensé la obra de Alejandro Páez para llevar a un taller de poesía? Porque tiene textos verdaderamente poéticos, cuyas reflexiones y formas cumplen con esa función primordial y fundamental del arte, ese hacerte ver las cosas de otra forma, ese conmoverte, ese dejarte huella. Quizá a él mismo le parezca descabellada mi clasificación de “poeta”, pero para mí no hay duda de que lo es.

Actualmente Alejandro Páez dirige Sinembargo.mx. Antes fue editor en Reforma y en El Economista; también fue subdirector editorial de El Universal y de la revista Día Siete; aquí, en su columna semanal que se encontraba en la última página —al estilo del Inventario de José Emilio Pacheco— es donde lo conocí, por ahí del año 2009, quizá antes.

Sigue siendo reportero, columnista y conductor de radio. Ha participado en varios libros colectivos con otros periodistas en los que se pone el foco en México y su situación. Tiene relatos incluidos en algunos libros como Mudanzas y Camas separadas. También es autor de varias novelas: una trilogía compuesta por Corazón de Kalashnikov, El reino de las moscas y Música para perros. La más reciente es Oriundo Laredo.

Sus textos poéticos, a los que me refiero en esta entrada, están en un librito modesto publicado por Cal y Arena en 2010: No incluye baterías. Como Día Siete también desapareció y la interfaz de El Universal no es la misma de hace diez años, sus textos no se consiguen en línea. Afortunadamente nos queda este librito que recupera mucho de su columna y de otros textos publicados sólo en su página personal.


Puedes consultar: Oliverio y la vida


Me gusta Alejandro Páez porque me identifico mucho con sus textos. Es oscuro y existencialista, cito un fragmento en donde es evidente la semejanza al trajinar del Sísifo de Albert Camus, personaje que muestra mejor que ningún otro el destino inevitable de la existencia humana.

“Si tengo talento para algo, lo uso para subir cántaros de aguas negras. Moriré donde llueva como en el desierto: una vez al año. Dormiré diez años seguidos para despertar más maltratado. Despertaré en otra vida donde no te he conocido y nadie me habla de ti. En el fondo no tengo fondo: soy mil veces yo, ahora sin ti, cayendo con destino inexacto.”

Otro de los temas que me encantan es el del desamor, y sobre todo la manera en que lo trata. Habla de él con una templanza envidiable, con la sangre fría, y al mismo tiempo con la herida abierta aún sin ganas de cubrirla; y sus aseveraciones sobre el amor son certezas heladas que a todos nos identifican. Cito algunas frases de este estilo:

“No se ilusione: Amar es dirigir, en medio de un campo de batalla, un coro dulce que canta a la derrota”.
“Los amantes están para aniquilarse. Van de la mano para decirle al mundo que se despiden. Se ven a los ojos para descubrirse ojivas nucleares y repiten versos de amor, el uno al otro, para que tenga sentido el acto de la separación”.
“El amor tendría que sumar menos de dos. El amor debería ser cualquier cosa, menos la espera. El amor es todo lo que hace daño”.

Los textos que más disfruto y que me encantaría poder reproducir completos son “Sobre las despedidas” y “Sobre las bienvenidas”, ambos de desamor también. De ellos extraje epígrafes para libros y entradas de blog y sistemáticamente estuve regresando a su relectura por meses, años quizá. Por encima de todos, mi favorito es “Notaciones para una suite del desamor”. Ese texto es de los que dije: “Yo quisiera haberlo escrito”; con su estructura y espíritu he tratado yo misma de escribir sobre el desamor, por supuesto sin lograr jamás esa maestría.


Te invitamos a leer: Di su nombre. La vida de Aura Estrada en la mía


Durante algunos años sus textos me acompañaron, primero aislados en su columna, luego en el libro. Mi ejemplar tiene su firma y está fechado en febrero de 2013. Es usual relacionar los libros que leemos con nuestra situación de vida. Entonces yo creía que era feliz y que mi pareja de esos años sería para siempre. Sólo unos meses después me di cuenta de que estaba muy equivocada. Y a lo largo de 2014 y 2015 regresé mucho a Alejandro Páez, a subir mis propios cántaros de aguas negras y a escribir inspirada en entradas suyas como “Un pequeño tumor” y “Rento mi vida amueblada mientras regresas”, entre otras que ya no es posible hallar en internet.

La serendipia, al final, fue afortunada. Regresé a la lectura de este gran escritor, que no es reconocido como debería, acaso por sus novelas o labor periodística, pero no por estos pequeños textos que me parecen muy dignos de rescatar y de conocer. Cierro con otra de esas frases hermosas, esta vez sobre la memoria y el recuerdo: “Recordar es volver a despedirse. Es tomar otra vez la decisión equivocada. Es no saber nunca más cómo habría sido si las cosas mantuvieran su rumbo”. Y recomiendo mucho leer su literatura. Ojalá él volviera a esa escritura que tanto me gusta, y con la cual, estoy segura, ganó muchos seguidores.


Referencias:
Páez Varela, Alejandro; Corazón de Kalashnikov, Alfaguara, México, 2009.
——; El reino de las moscas, Alfaguara, México, 2012.
—— Música para perros, Alfaguara, México, 2015.
—–, Oriundo Laredo, Alfaguara, México, 2016.
—–, No incluye baterías, Cal y Arena, 2010.
V.V.A.A., Camas separadas, Cal y arena, 2010.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *