Meritocracia: ¿una formula desigual contra la desigualdad?

Meritocracia
La meritocracia, según Oxford dicta que es un sistema de gobierno donde el poder lo ejercen quienes están más capacitadas según sus méritos. Foto: Pixabay.

Parte de las anotaciones siguientes nacen en el contexto de la lectura de La Tiranía del Mérito, cuyo autor es Michael J. Sandel, profesor de Harvard (aquí vamos con el credencialismo), de uno de los cursos más atajados por los estudiantes de la casa de estudios, sobre todo en tópicos sobre justicia.

Partamos de la conceptualización de meritocracia. El diccionario de Oxford dicta que es un “sistema de gobierno en el que el poder lo ejercen las personas que están más capacitadas según sus méritos”, de ahí que, por ejemplo, hayamos pasado al símil presidencial estadounidense donde los gobernantes son élites tecnocráticas. Ahí tenemos a Carlos Salinas de Gortari que tomó cursos en la Escuela de Gobierno John. F. Kennedy de Harvard, a su sucesor Ernesto Zedillo que tomó cursos en Yale o a Felipe Calderón que también fue a Harvard. ¿Ese credencialismo realmente los capacitaba como gobernantes?

Muchas veces he oído a estudiantes recién egresados de la universidad expresar haberse “quemado las pestañas”, y es esa base sobre la que parten para sentirse merecedores de un mayor salario o puesto laboral que aquellos que no asistieron a una casa de estudios. Aquí quizá la palabra clave sea “merecer”, y ese merecer va acompañado de palabras como esfuerzo y trabajo. Todo ello proviene de una retórica que es, a la postre, peligrosa, pues al mismo tiempo hace creer que aquellos que no asistieron a la universidad no se esforzaron lo suficiente y, por lo tanto, si no tienen “éxito”, es lo que se merecen. Eso conduce a un estado de nula empatía por el otro.

Byung Chul-Han expresa en La Sociedad del Cansancio que nos encontramos en la sociedad del “yes, we can”, de una sociedad que se autoexplota, por lo tanto, en una sociedad donde todo es alcanzable si te esfuerzas lo suficiente, el fracaso es resultado de no esforzarse demasiado, uno mismo es el culpable y nadie más. Pero esa visión reduccionista del éxito y el fracaso no toma en cuenta factores sociales, económico y culturales que son decisivos en la vida de todo individuo. Pierre Bordieu mencionaba también que los hijos de no profesionistas se decantaban más por el estudio de las humanidades, pues no contaban con la ventaja cultural que requería el estudio de otro tipo de cursos universitarios, y que el porcentaje de hijos de no profesionistas que iban a la universidad era nueve veces menor que aquellos que sí.

Uno de los fenómenos donde puede apreciarse la meritocracia de antaño es en la visión religiosa del cielo y el infierno. Aquellos cuyos actos en la tierra se encuentren cubiertos de bondad irán al cielo, mientras que aquellos que hagan el mal irán al infierno o tendrán que pagar por sus pecados en el purgatorio, es decir, que depende de uno el lugar al que va a parar.

El pago de indulgencias solo demostraba que podían ir al cielo aquellos que lo merecían, ¿quiénes eran esos? las élites, pues aquellos que contaran con la riqueza suficiente podrían purgar sus pecados de una vez por todas. El logro de Martin Lutero radica en que puso énfasis en el merecimiento del cielo a través de los actos y no de la riqueza. Se trataba de una mayor igualdad de acción, pues todos pueden, en teoría, controlar sus acciones, pero controlar lo que ingresa a su bolsillo no es una cosa tan sencilla.

La cuestión que surge de la meritocracia es que siempre abre una brecha inmensa entre antónimos, entre buenos y pecadores, entre ganadores y perdedores, entre éxito y fracaso, entre profesionistas y clase obrera y estas brechas, así de simples como suenan, generan maremotos sociales que se traducen hasta en el ascenso de personajes como Donald Trump a la presidencia.

Para algunos autores, durante los años dos mil y hasta la elección de Trump como presidente, estuvo incubándose un resentimiento de la clase obrera en contra de las élites estadounidenses, sobre todo después del abandono del americano promedio a favor de Wall Street durante la crisis de 2008 y, me atrevo a decir que la similitud de Andrés Manuel López Obrador con el ex presidente estadounidense, radica en que ambos supieron granjearse ese resentimiento de la clase obrera contra las élites y la usaron a su favor.

Lo que ahí hablaba era la brecha entre los favorecidos por la globalización, el modelo neoliberal y aquellos que no, es decir, entre ganadores y perdedores. Aquellos que se consideraban a sí mismos como perdedores lo dieron todo en las urnas.

Por ejemplo, el discurso inaugural de Donald Trump contenía sentencias como las siguientes:

“Durante demasiado tiempo, un pequeño grupo de la capital de nuestra nación ha cosechado las recompensas del gobierno mientras que el pueblo ha pagado los costos. Washington floreció, pero el pueblo no compartió su riqueza”.

“la élite se protegió, pero no cuidó a los ciudadanos de nuestro país. Sus victorias no han sido tus victorias. Sus triunfos no han sido tus triunfos y, mientras ellos celebraban en la capital de nuestro país, las familias en dificultades no tenían nada qué celebrar”.

Al respecto Andrés Manuel ha hablado sobre las élites intelectuales:

“Es una élite completamente separada del pueblo, una élite intelectual, individualista, acomodaticia, al servicio del régimen y lo más distante que uno pueda imaginar del pueblo, de la gente humilde, de la gente pobre. Al contrario, les molesta que se ayude a la gente humilde, a la gente pobre”.

Uno de los problemas que han desatado las élites es precisamente ese distanciamiento entre intelectuales y el común del pueblo. En ese sentido, han formulado una solución a todos los problemas a través de sus juicios individuales, dicho de otra forma, que, si el éxito que ellos obtuvieron fue a través de la educación, entonces la educación debe ser la solución a todos los problemas. Nos encontramos pues, ante otra fórmula reduccionista.

George H. W. Bush expresaba en 1991, “imaginémonos todos los problemas, todos los retos a los que nos enfrentamos. La solución a cualquiera de ellos empieza por la educación”, mientras que Tony Blair en Reino Unido comentaba en 1996, “pregúntenme por mis tres prioridades principales para el gobierno y les diré: educación, educación y educación”.

Tal parece que tanto el Reino Unido como los Estados Unidos han mantenido un nado sincronizado en cuanto a retórica meritocrática se refiere y México, sospecho, ha inhalado lo que le viene del norte. Lo grave es que lo anterior desató a una sociedad profundamente antipática, pues se empezó a ver al que no obtenía acceso a la educación superior como dueño de su propia miseria. Quizá por eso el actual presidente mexicano afirma que a las élites intelectuales les molesta que se apoye mediante programas a los más desfavorecidos, porque claramente viven convencidos de que se merecen su miseria pues no se han esforzado suficiente y, por lo tanto, no es deber del Estado asistirles.

No obstante lo anterior, en los Estados Unidos solo una de cada tres personas acceden al nivel superior educativo y las historias de éxito como las de Barack y Michelle Obama, o las presentadas por el cine hollywoodense como el filme En Busca de la Felicidad se dan por casos contados, sin embargo, representan el espíritu del sueño americano. Michael Sandel menciona que el lugar donde mejor se desarrolla el sueño americano es en Copenhague, una ironía más que interesante.

En el Índice de Movilidad Social del Foro Económico Mundial podemos observar que efectivamente Dinamarca ocupa el primer lugar y que, 17 de los primeros 20 lugares están ocupados por países europeos. Estados unidos se encuentra en el lugar 27 y México, no se asusten, en el 58, 62 en acceso a la educación y 74 en acceso al mercado laboral.

Desde luego lo anterior no es un intento de que crean que su esfuerzo no debe o no puede ser recompensado, ni a desechar todas las enseñanzas de la meritocracia, sino a sembrar la reflexión acerca de la antipatía y el crisol de circunstancias que desembocan en el lugar que ocupa cada uno de nosotros.

Los invito a hacer un ejercicio que me dejó boquiabierto y que extraje del mismo libro del que hago mención. Entren a Google Ngram, busquen las palabras trabajo, esfuerzo y merecer, verán una gráfica del número de veces que se han usado en textos y libros y como su uso se ha incrementado exponencialmente a partir del año dos mil. ¿Qué significa esto? Pues es lo que contiene nuestro disco duro como sociedad, nuestro móvil. No sé ustedes, pero yo quedé aterrado.

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