Confesión de escritora: ficciones y realidades sobre amar y escribir

realidades sobre amar y escribir
Tengo un vicio terrible: al igual que en los cuentos, cuando estoy en una relación no puedo evitar esperar la sorpresa. Foto: Pixabay.

La vida adulta me ha enfrentado con varias situaciones: incertidumbre sobre el futuro, presión social y dos constantes en las cuales insisto, aunque seguido me sugiera que debo renunciar: amar y escribir. Amo escribir y esta vez, escribo sobre amar.

Confieso que me considero mucho mejor en las letras que en las relaciones. Todo sería más fácil si me desempeñara igual en ambas, pero esta es la cuestión: no amo como escribo. Lo segundo lo hago segura y conforme. Lo segundo, de hecho, muchas veces me sirve de consuelo o desahogo cuando he fallado en lo primero. Poseo cualidades al escribir que aún no logro aplicar al enamorarme: no soy tan fuerte, organizada o autónoma cuando amo, no me dejo llevar igual, sin temor. Como escritora siempre logro pronunciarme; como amante, muchas veces he perdido las palabras, confundo mi lugar y tiendo a perderme.

No amo como escribo. No me muevo libre sobre los espacios, no sé manejar los tiempos ni consigo formular diálogos tan elocuentes. Como escritora, disfruto el proceso, aunque sea incierto y tarde en llegar, incluso cuando el resultado no es el que esperaba, sé que puedo trabajarlo y mejorará. Con las relaciones me lastima no tener esa certeza, me resulta confuso el proceso, todos los rituales, promesas y (des)acuerdos.


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Escribo desde un lugar distinto al que amo. Escribo confiada, desde la comodidad y la planeación. No amo como profesional, tampoco como artista. Al escribir lucho contra el mundo, pero al amar estoy indefensa. Ni siquiera lucho contra la pareja, sino contra su sombra, inseguridades que nacen desde lo que (no) dice y (no) hace, rivales inexistentes creados por mi manera de entregar y esperar el amor. Todo se reduce a que la escritura sólo depende de mí, no hay intervenciones, expectativas o ilusiones creadas por alguien más.

Lo hermoso de la literatura es que permanece, el efecto y la magia perduran hasta el final e incluso después de éste. Con las relaciones no sé cómo superar los inicios: esas primeras semanas cuando las personas están deslumbradas y aprovechan cualquier oportunidad para asomarse a tu mundo porque desean, entusiasmados, formar parte de él. Quisiera que mis amantes no conocieran a la persona más allá de la obra. Si se quedaran con las letras y la foto de solapa (primer acto y brilla el telón), todo estaría bien. Como escritora, me mantengo en el plano ideal. Para el amante soy real, carne y hueso (segundo acto y lo que ocurre tras el telón). La relación escritora-lector no se deforma tan fácil: los lectores nunca me han visto llorar, la mitad del diálogo que podemos establecer se teje en la ficción, entre acciones, palabras y escenarios que he pensado y pulido, que conozco a la perfección. Ojalá mis amantes sólo me leyeran. En más de una ocasión pude haberme quedado como otra escritora a quien admirar, pero quise ser amada y ya no pensaron en mí de la misma forma; después, ya no pensaron en mí.

Tengo un vicio terrible: al igual que en los cuentos, cuando estoy en una relación no puedo evitar esperar la sorpresa; no puedo evitar buscar el doble discurso, la trama oculta. Espero que la relación se sostenga como lo hace una buena historia. Invento ficciones que anhelo ver reproducidas ante mis ojos, juego mi parte como protagonista, pero no poseo la perspectiva ni el poder de la narradora. Confundo las disciplinas y muchas veces me encuentro escribiendo historias cuando debería amar, me encuentro amando cuando debería concentrarme en escribir. Me he confundido hasta el punto de creer que la relación es un cuento donde siempre brillarán las correspondencias. De mis parejas, a veces espero lo mismo que de mis letras: acompañamiento, expresar y manifestar lo que soy con ellas; refugio, consideración… que no huyan de mí ni desaparezcan.


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La escritura está, literal y poéticamente, en mis manos. El amor, las emociones y saber manejarlas, sale de ellas. No digo que no sepa amar, es que me falta destreza. No es una declaración de renuncia ni estoy admitiendo una derrota definitiva. Me enamoraré las veces que haga falta hasta reconocerme. Terminaré con el adoctrinamiento romántico que tanto daño me ha hecho: ya no quiero estar enamorada del amor.

Por suerte, no escribo como amo: no hubiera podido llegar tan lejos ni habría concretado ningún libro. Sería un caos, entre la espera y la melancolía. Afortunadamente, y pensándolo mejor, no amo como escribo (tercer acto, lágrimas y aplausos). Y eso está bien. El amor, como el arte, debe sacar de la zona de confort, conmover e incomodar, invitar a la reflexión. Amar también es crear.

El amor, como el arte, es lo que nos queda de humanidad, en ambos debemos insistir. A ninguno renuncio, voy a escribir las veces que haga falta y las veces que haga falta, me voy a enamorar.

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